El propio presidente el Gobierno nos ha dicho estos días que a él las únicas siglas que le importaban eran las de los PGE. Sin embargo, a pesar de lo dicho y su importancia, el Ejecutivo se ha empeñado en que, prácticamente, haya pasado sin pena ni gloria. Habrá que hacer encaje de bolillo para saber al final cómo quedan después de las enmiendas aprobadas. Y también lo que se ha quedado fuera, porque han sido asuntos importantes para muchos grupos. Entre ellos, las mujeres, los niños y ancianos, las peluquerías y tantos otros.
Pedro Sánchez, La Moncloa, nos tiene tan acostumbrados a cambiarnos el paso que, todos estos días en el Congreso, --por cierto, hasta horas intempestivas e imposibles para conciliar-- ha logrado montarse reuniones, peleas con su socio Iglesias o planes propagandísticos, quizás para que no nos fijemos en lo importante. Lo mollar es que estas cuentas suben los impuestos, gastan como si no hubiera mañana y cuenta con unos fondos europeos de los que aún no sabemos nada. Son, como ya han dicho numerosos expertos, inadecuadas para la situación que viven muchas empresas, muchos sectores y miles y miles de trabajadores. Unos presupuestos que agravarán la crisis económica que ya vivimos y que dejarán un déficit y una deuda inmanejables.
No hay un plan o el que hay es catastrófico. La insoportable burocracia administrativa o la inseguridad jurídica que van a crear con decretos como el de la prohibición de los desahucios o con las bravuconadas de asfixiar a Madrid son torpedos que van directos a minar la confianza en España y por tanto afectarán a las inversiones y a la generación de riqueza. Un desastre de proporciones incalculables que revertir va a llevar tiempo.
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