Frente a una declaración tan tajante la pregunta que procede es: y, ¿por qué no lo hacen? ¿Quién o qué les impide gritar? Para interpretar el silencio de los dirigentes y cargos del partido colocados en puestos de representación y retribución por Pedro Sánchez habría que recordar que la política está llena de servidumbres y que fuera del poder hace frío.
Quienes como Alfonso Guerra critican -con razón- la actual deriva del Gobierno que preside Pedro Sánchez tienen en la cabeza un PSOE que ya no existe. Cuando recuperó el poder en el seno de la organización tras haber sido defenestrado, Sánchez cambió las normas internas, el Comité Federal pasó de ser un órgano de debate a convertirse en una plataforma de adhesión. Cosa parecida sucede con las agrupaciones locales que han ido perdiendo pulso y han dejado de ser vasos comunicantes de las inquietudes de los militantes.
Sánchez ha convertido el PSOE en un instrumento personal de poder. Él lo decide todo y algo parecido ocurre en el Grupo Parlamentario pastoreado por dos personajes, Adriana Lastra y Rafael Simancas, que han vivido toda su vida de la política gracias a su talento para estar siempre de acuerdo con quienes mandaban en el partido en cada momento.
El grito que echa en falta Alfonso Guerra remite a un partido que ya no existe. Algunas de las críticas al pacto con Bildu que hemos escuchado en boca de ciertos barones -Fernández Vara, García Page, Javier Lambán- son pellizcos de monja. Si, de verdad, establecieran una correlación entre lo que dicen y lo que procedería hacer para impedir que Sánchez siga utilizando al partido como un instrumento a su servicio deberían reclamar la convocatoria de un comité federal abierto al debate y plantear el caso forzando una rectificación de la política de pactos con Bildu y con los separatistas de ERC -que han exigido a cambio de su apoyo a los Presupuestos la liquidación del castellano como lengua oficial en Cataluña-.
Está por ver que se atrevan a dar el paso. Tengo para mí que en el seno del PSOE Alfonso Guerra se va a quedar solo en su lúcida denuncia de la deriva política que impulsa el Gobierno de Pedro Sánchez.
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