Así, por brillantes que sean las cuentas presentadas desde La Moncloa siempre se considerarán por el adversario un inevitable camino a la ruina. Y aunque no cuadren salvo en sueños, siempre serán presentadas por el Gobierno correspondiente como impecable hoja de ruta hacia el progreso y la justicia social.
Que nuestro país necesita unos nuevos presupuestos es indiscutible. No sólo por la insostenible paradoja de que el actual Gobierno gestione aún unos presupuestos elaborados por Cristóbal Montoro, sino porque las excepcionales circunstancias a las que nos enfrentamos requieren también una respuesta económica que esté a la altura. La cuestión es que, en vez de escudriñar las cuentas para ajustarlas, parece que el juego consiste en ajustar cuentas, insistimos, a base de presupuestos.
Podemos presupone que cualquier acercamiento a Ciudadanos contaminaría el proyecto del gobierno de coalición, mientras considera un logro el apoyo de ERC y de EH Bildu. En la oposición se presupone que este apoyo será pagado con concesiones a aquellos que quieren romper España o que, por su pasado, aún ensucian con sangre todo cuanto tocan, negándoles una legitimidad democrática que no es distinta ni menor a la que ellos mismos gozan. Y mientras unos y otros discuten sobre sus presupuestos se opaca el necesario debate sobre los Presupuestos. Un ruido tan repetido que podría publicar este mismo artículo en legislaturas venideras cambiando sólo el nombre de los partidos que entonces ocupen el Gobierno o la bancada de la oposición.
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