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DAVID LAVILLA
Lunes, 09 de Noviembre de 2020

Perdón, Simón

Perdón. Lo que voy a decir ahora de momento sin censura “solo son reflejos aprendidos de frases hechas”. Pero lo voy a decir “porque tengo mucho camino por delante para mejorar y hacerlo mejor”. Tú te estás confundiendo mucho, Simón. Y yo, con el mismo derecho, voy a ver si me equivoco. O no.


Lo cierto es que pedir perdón es muy humano. Otra cosa es que al que se lo pidas te lo conceda. Las personas cometemos errores, y está en el que sufre el agravio decidir si lo acepta o no. Lo malo es cuando no es una persona aislada, sino casi cincuenta millones de paisanos ante los que uno tiene que disculparse. Ahí la cosa ya puede cambiar un poco.
 
Dice el vice guay que “en política no se pide perdón, en política se dimite”. Pero solo si vives en Vallecas. En Galapagar, ya no. El que reniega también mucho del perdón es Zapatero, que dijo que “esa palabra no entra en el vocabulario de las responsabilidades políticas”. El menos indulgente siempre suele ser el más chambón. 
 
Muchos políticos han pedido perdón y no ha pasado nada. Tony Blair se disculpó por los errores de la guerra de Irak. David Cameron, por revelar una conversación privada con la Reina Isabel. Bill Clinton, por su affaire con Lewinsky. Incluso Jordi el ladrón (Pujol), también pidió perdón. 
 
Así que a don Simón va a haber que perdonarle como a todos. No ha hecho las cosas tan mal porque él haya querido. Seguro que no ha tenido voluntad de hacerlas así. Y si la hubiera tenido, no nos hubiéramos dado cuenta. Porque esa mansedumbre muy propia de la talla del retablo de El Santo Cura de Ars, le puede hacer llegar a encubrir cualquier cosa. Aunque a veces desconcierta.
 
Es muy raro que en este país donde “si la haces, la pagas” no le hayan pasado factura sus disparates. Claro que aquí “si creas fama, puedes echarte a dormir”. Pero don Simón la verdad es que es un experto en contravenir cualquier cosa y salir impune de todo. Se libra hasta de las leyes máximas que dicta la sabiduría popular. Por ejemplo, en España, “si matas un perro, te llaman mataperros”. Pero hasta de esa se libró, que se lo llamaron a Rajoy.
 
Don Simón ha tenido muchas contradicciones en los medios, pero seguro que ha fallado sin querer. Porque si un epidemiólogo dice que “las mascarillas no valen para nada”, no creo que haya tenido mala fe. Y si públicamente recomienda ir a su familia al ‘ocho eme’ se ve que no quiere ir a morder.
 
Venga, vale, es cierto que dijo: “Solo habrá algún caso diagnosticado”. O esta otra de que el virus “no es excesivamente letal”. Por supuesto que hay que reconocer que puede molestar mucho la famosa pifia de “lo sabíamos desde enero”. O la de “parece que la epidemia tiene posibilidades de empezar a remitir.” O incluso esa sobrada que se pegó después cuando dijo que “ya el 16 de enero empezamos a trabajar hasta 16 horas diarias”. Y no digamos esta última, acompañada de sonrisa picarona: “Si las enfermeras eran infecciosas, o no, eso se veía unos días después”. 
 
También se ha pasado de frenada con los periodistas, diciéndonos: “Estáis exagerando”, o “voy a meterme el dedo en la nariz”. Todas estos deslices tampoco es que nos puedan ayudar mucho a los que tengamos voluntad de perdonarle. ¿Le aburriremos los que informamos? ¿Le gustará más el Youtube? 
 
Al menos sí que da la impresión de que cada vez se le ve más suelto en el show. Le deben de tirar más los programas de entretenimiento. Al menos parece dar esa impresión. Sobre todo por la velocidad con la que abandona una conferencia de prensa para estar en directo con sus queridos influencers  montañeros.
 
Por todo esto y más parece que le gustan más los youtubers y los programas tipo Calleja que el mundo de la información. Ahí saca todo su repertorio de cualidades a la audiencia adoctrinada. Ahí parece que es majo. Que trepa bien. Que puede bucear en mares y en cloacas. Que monta en globo. Y justo en esos circos podemos ver todo su repertorio de hombre fit, al comprobar en diferido cómo se maneja a toda pastilla por sitios escabrosos sin una mala caída. Sin una mala leche. Sin una mala hostia. 
 
Dice la sabiduría popular española que “no mira Dios el don, sino la mano y la ocasión”. Y eso que lleva ganado. Le ha tocado jugar una mala baza a don Simón. No es el mejor momento. Pero claro, un experto en pandemias no creo que cuando se le necesite tenga ante sí un buen escenario. Pero que no se preocupe: tiene un amplio camino para mejorar y hacerlo mejor. Entre tanto, seguiremos estando entre los países que peor han gestionado el virus. 
 
Lo que le salva a este señor es que somos bastante indulgentes. Eso sí, en cuanto salga la vacuna tenemos que tratar de que no la supervise él. Le diremos a Calleja que le monte en otro globo y dé una vuelta al mundo, como hizo Phileas Fogg. Y yo, entretanto, desde abajo disfrutando y animando: “¡Sube más alto!, ¡mucho más alto, Simón!”.
 
Y todo esto, lo digo como lo siento. Y ahora sin ninguna necesidad de pedir perdón por argumentar o pensar diferente, Gobierno censor.
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