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DAVID LAVILLA
Lunes, 26 de Octubre de 2020

La dictadura del pro-le-ta-ra-do. Alegato contra el opresor

Hay quien construye un nido como primer peldaño para enseñar a volar a sus descendientes, y hay quienes lo hacen para no dejarles escapar jamás. Luego, en otro nivel, infernal, se encuentran algunos ratones como los hámsters, o las aparentemente entrañables suricatas, que son capaces de comerse a parte de su camada para poder optimizar recursos y legitimar su especie.


Puede que el ser humano, por norma general, de momento no haya llegado a tanto, pero a veces lo disimula muy bien. El mejor legado que se le puede dejar a un hijo, dicen los abuelos, es la autonomía. Suele ser bastante complicado optar por esta opción en estos años de insolencia política, pero a buen seguro ofrecerá mejores resultados para el propio hijo, para la familia, para sus amigos y para la sociedad en general. Es decir, para todo el contexto del propio joven. Tú sabes ganarte de manera decente la vida, tú contribuyes a la mejora de tu país.
 
Pero optar por esta opción de vida puede resultar muy complicado, más en estos tiempos de dictadura del proletarado. Sí, no es un error: pro-le-ta-ra-do.
 
Proletarado es un término que a partir de este momento se va a utilizar bastante. Se trata de la suma de dos conceptos: proletario y tarado. Y el resultado de esta operación sería “el que cuida hijos y está de la olla”.
 
El proletarado, por definición, podría ser coloquialmente un ser muerto en vida con teléfono móvil de última generación y conexión Premium a Netflix, a HBO y a Spotify, que ha pirateado las claves del wifi de los vecinos paganinis y tiene personas a su cargo. Se trata de un ser que, si tiene a bien trabajar, suele hacerlo para un tercero en dinero negro, porque además cobra una subvención del Estado, o de un trabajador humilde y decente con el que ha convivido previamente. En muchas ocasiones puede servir este pago para complementar el cash del proletarado que también puede recurrir con amparo al cobro de ayudas de acá, de allá... o de ambos lugares a la vez.
 
Al proletarado le financia el paganini de manera directa o indirecta. Su liquidez puede sobrevenir de una baja médica -si ha conseguido una nómina- dilatadísima de la que se encarga de pagar la Seguridad Social. La enfermedad en cuestión puede devenir de una fascitis plantar, por ejemplo. Una dolencia que le va a impedir asistir al trabajo diariamente, pero no a la playa a tomar unos baños de sol y sal.
 
También puede provenir su dinerete de sentencias judiciales de matrimonios anteriores. Y es que, aunque haya transcurrido el tiempo suficiente para rehacer la vida de ambos congéneres, los proletarados siguen chupando del bote. A veces le sobrevienen ingresos incluso de pensiones de hijos de parejas anteriores en edad de buscarse la vida, o ya casi emancipados. Por supuesto, el gran pastel también puede aparecer en la mesa como postre de pensiones abusivas dictadas por un juez en la época de los maravillosos divorcios exprés, donde podían quitarte con total normalidad hasta el carné de la bolera. E incluso esa liquidez podría estar relacionada con el cobro de alquileres de rentas que nunca le pertenecieron, y que podrían devenir de unos gananciales mal avenidos.
 
Una particularidad muy común del proletarado es que suele tener descendencia con varias parejas a la vez, o por escalas, como hacen los monos, para poder mantener su especie y salvaguardar su espacio. Ese lugar donde cohabitan con sus familiares directos, indirectos, o incluso con colegas de una noche de pasión. Al conjunto de estas camadas de camaradas, a partir de aquí, las vamos a denominar “proletalerdos”.
 
Por proletalerdos nos vamos a referir a la descendencia obtenida, directa o indirectamente, de un proletarado. También puede ser un colega, una prima segunda o un gañán. Son personas objeto. Y las utilizan los proletarados para poder subsistir. Dicen que lo hacen, pero no cuidan de los proletalerdos, ni de su educación si fuera el caso. Tampoco se molestan en tratar de hacerles entender los valores del esfuerzo sobre las acciones más comunes. Ningún proletalerdo, por supuesto, es responsable de nada. Les suelen contar que el dinero cae del cielo. Es muy común oírles malmeter contra el paganini -concepto que se abordará más tarde-, previo lavado cerebral por alienación parental, por ejemplo, por parte de proletarado.
 
Un proletarado llega a ser tan sumamente lerdo que puede llegar a sostener o afirmar con rotundidad que los gastos corren de su parte siempre porque el cash está en su banco y sale todo de su cuenta, pero no explican al proletalerdo que ahí no ha entrado por arte de magia, sino con previo ingreso del paganini. En cuanto a este sujeto, el paganini, bien es cierto que no hace falta proponer una definición ad hoc, los propios hechos se encargan de catalogarlos.
 
La evolución del proletalerdo es directamente proporcional a su involución. A la vez que el proletalerdo va creciendo en años, y decreciendo en madurez, se suele dar cuenta de todo este fraude, pero ya es demasiado tarde para él y para todos. Así que no le queda más remedio que convertirse en un nuevo proletarado para seguir la tradición familiar que, si se piensa bien, es lo que realmente le ha dado de comer durante toda su vida. También este cuento le ha hecho ganarse un móvil de última generación con acceso a Netflix y le ha enseñado a gorronear wifi al vecino, por lo que su propio pasado le hace rendirse a la evidencia.
 
Gracias a todo este intríngulis, y a esta nueva tradición, poco a poco, en España, se va instaurando esta cultura popular. Sin duda se trata de un hecho histórico sin parangón: una nueva dictadura del proletarado, que da de comer a muchos políticos, incrementa el número de sus votantes y puede hacer vivir a la juventud, en un futuro muy próximo, como pobres víctimas de un dictador.
 
El dictador del proletarado es el jefe de los tarados. Es obvio, claro. Se trata de un personaje inspirado en líderes paranoicos que suele vivir a costa de empobrecer al país, al mismo ritmo que aumenta su riqueza. Su hogar de barrio de toda la vida lo han podido transformar en una casa con piscina y con tinaja. Y desde ese lugar -gracias al pago del paganini, a la actitud del proletarado y a la ineptitud del proletalerdo- se ríe, en directo y en diferido, de toda la prole en su conjunto. Se mofa muy especialmente del paganini, ese que paga rigurosamente y por decreto sus impuestos, y de paso de los del cuidador de Echenique. El paganini se hace cargo también de los gastos de su casa y del hogar del proletarado. Paga IVA. También IRPF. Y a primeros de mes cada vez es más corriente que desembolse una pensión, muy cuantiosa a veces, al proletarado solo, otras exclusivamente al proletalerdo, y en algunas ocasiones incluso hasta a los dos a la vez para que sigan ambos viviendo en casa pagada con suscripción a Netflix.
 
Este triángulo mágico, proletarado-proletalerdo-paganini, será el encargado de seguir fomentando el ciclo de la vida del dictador. Que a fuerza de echarle cara, de seducir al personal con falsas promesas, y de contarle historias fachosas propias de otro siglo, va a tratar por todos los medios de generar más pobreza para asegurarse el voto hasta que haya reventado la hucha del país, o lo haya sometido a su dictadura, la del proletalerdo.
 
Es curioso. Manda él, pero dice que son otros tarados los que realmente tienen el poder. La cosa es de locos porque realmente hasta puede que, en parte, no le falte razón.
 
Puede resultar muy esperpéntica toda esta exposición, todo este alegato. Y sería muy triste llegar a un extremo tan tarado, tan lerdo, porque va en contra de nuestra propia condición. El ser humano ha nacido para trabajar, y para mejorar su vida y la de los demás. No para rascarse el peroné o traerse a casa a los amigos de la bolera para que también se lo rasquen. De eso consta el progreso, trabajo y mejora constante. Lo otro son quimeras y engaños del tarado máximo, el dictador.
 
Un loco con dos gramos de carisma puede llegar a destrozar vidas y el futuro de la humanidad con sus abusos de poder. Empezando por el de las nuevas generaciones. Ya lo hemos visto otras veces.
 
Si le preguntáramos ahora a un niño qué es lo que más le gustaría hacer, a buen seguro que entre sus primeras respuestas nos diría que le encantaría volar. Ahora bien, si en su entorno familiar de proletarados le intoxican, cuando ese niño se convierta en joven, y le vuelvan a preguntar la misma cosa, no le quedará otra que contestarte que lo que más le apetecería sería volar y convertirse en proletalerdo, porque es lo que ha mamado en casa, y también se lo han dicho por televisión su dictador.
 
Pero esto no sería lo peor. Lo peor podría ser que si le dejaras un poco más de tiempo, y le volvieras a preguntar por su mayor anhelo, te podría llegar a decir que volar puede llegar a ser muy cansado. Que volar, mejor no. Que él preferiría vivir como un hámster. O como una suricata.
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