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RAFAEL TORRES
Jueves, 24 de Septiembre de 2020

Del gallinero al paraíso

El espacio destinado al público más alejado del escenario recibe dos nombres bien disímiles, según sea la empresa o el propio público quien aluda a él.


Para la primera, esas alturas himaláyicas de los grandes teatros y de los desaparecidos cines de barrio, son el Paraíso, en tanto que para sus usuarios naturales, los espectadores de pocos posibles, son el Gallinero, pero, sea cual fuere el nombre que se le quiera dar, ese espacio remoto y empinado de fondo de saco es el reducto del pueblo, y en el exclusivo y elegante Teatro Real de Madrid esa circunstancia tenía que estallar, y más en las actuales circunstancias, por algún lado.
 
Y estalló por donde tenía que estallar, por la visión desde el hacinado Gallinero/Paraíso del razonable cumplimiento de las medidas de seguridad anti-COVID allí abajo, en la privilegiada Platea, donde los espectadores de más posibles aguardaban ser transportados a otro mundo, a un Paraíso de verdad aunque algo raro, el de la Ópera, a lomos de "Un ballo in maschera". Esa visión casi cenital encendió la mecha en el Gallinero, pues en él las personas se hallaban como piojos en costura, hombro con hombro, sin una mísera butaca de separación entre los espectadores. Inasequibles a la resignación, éstos resucitaron una vieja tradición ya extinguida, la del pateo. Talmente como lo que había ocurrido horas antes en los barrios humildes del sur de la capital, donde los confinados del gallinero social, que no paraíso, clamaban contra su discriminación respecto a los de las plateas de la urbe.
 
Todos cuantos aguardaban el arranque de la ópera de Verdi se hallaban en el mismo recinto, ese espléndido Teatro que sustituyó al de Los Caños del Peral, del mismo modo que todos cuantos habitan Madrid lo hacen por donde el virus corre nuevamente descontrolado, pero no todos con las mismas armas ni los mismos medios para burlarlo. El Teatro Real se convirtió, de súbito, en un diorama de la realidad, y los apiñados de la lejanía, donde el crescendo de los tenores llega en susurro, se rebelaron contra esa particular manera de la dirección de repartir y cuadrar el aforo para equilibrar los derechos y los riesgos de los que habitan juntos, en sociedad.
 
Del Gallinero al Paraíso hay algo más que la comprensible variedad en el uso de los eufemismos. Hay toda una historia de escamoteo permanente de la igualdad.
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