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Ese amigo tuyo es un poquito macarra, le dijo la madre a su hijo. El hijo se lo dijo a una compañera de clase. Y esta, a la profesora. La profesora, a la tutora. La tutora llamó al padre. El padre se lo dijo a su hijo. El niño se lo creyó. Y fin de la historia. ¿O no?
Todo empieza así. Y termina todo asao. La historia comienza siempre con una etiqueta. Con un juicio. Con un simple comentario sobre un hecho que no gusta. Que no cuadra en un esquema cerrado. En un pensamiento cerril. Puede comenzar con un corte de pelo. Un gesto. Una manera de andar. Unos malditos pantalones. Una camiseta por fuera. Una visera hacia atrás.
Es solo eso, un estúpido detalle. Un rasgo que solo lo aprecia la persona que se mira probablemente frente a su propio espejo. Porque el espejo, señoras y señores etiquetadores de niños y adolescentes, actúa como formador de la propia función del yo. Del propio ego, como diría Lacan. Algo tan sencillo como que lo que puedas ver en los demás será porque lo puedas ser tú mismo. No hay más.
Y esta gente está tan frustrada que, como no se aguanta a sí misma, empieza a tirar perlas a los demás. Y así comienzan los problemas porque, por ejemplo, si te dicen desde pequeño que “no te pongas más de portero porque no paras ni los taxis”, vas a terminar por no querer jugar al fútbol. Y eso en el mejor de los casos, porque te puede dar por no hacer más deporte en tu vida.
Con un simple comentario deviene toda una retahíla de una enumeración de barbaridades de un bulling atroz. Y puede ser tal que así:
“Eres un negado para estudiar, tu no apruebas ni con Magia Borrás”. “Tienes una oreja frente a la otra, lo de la música va a ser que no es lo tuyo”. “Los dedos de las manos los tienes como los de los pies”. “Te estás poniendo de buen año”. “Estás más flaco que el pelo de una gamba”. “Eres igual de vago que el cuñao de Rocky Balboa, no das palo al agua”. Parece una broma si va acompañado también de una afable sonrisa, pero no tiene ni pizca de gracia. No la tiene. No.
Pero lo peor de todo esto no es el juicio a un menor o a un adolescente. Que también. Lo peor es que este tipo de licencias se las toman personas que, en teoría, tienen una superioridad moral sobre la otra. El padre con su hijo. El hermano mayor. El chico que te gusta. La profesora guay.
Terminó un curso muy raro. Y empieza otro no mucho mejor. Ya ha hecho público este periódico un informe de las Fundaciones ANAR y Mutua Madrileña, y ofrece unos datos que son para echarse a temblar:
La agresión más habitual son los insultos y los malditos motes (79,8%). Le siguen los empujones, las collejas y los escupitajos (38,8%). Y termina con los golpes y las patadas (29,5%). Es secuencial. Y falta el asesinato o el suicidio, que sería la culminación de una obra que empieza siempre por una estúpida etiqueta de un etiquetador.
Así que, después, pasa lo que pasa. Todos a llorar. Y descargamos culpas. Los padres dicen que son los profesores. Los profesores, que son los padres. Y ambos también dicen que son cosas de esta nueva generación, con sus temidos patios de recreo virtuales; esas redes sociales, donde no hay ningún cuidador. Y la solución quizá no siempre pasa por aumentar el número de policías, sino saber consensuar bien la reglamentación. Y tener claro que si no empatizamos, no hay manera de avanzar. Tú tienes este don y otra persona uno diferente. Esa es la sociedad del conocimiento que vaticinó Drucker. La de empezar por reconocer el talento del trabajador. Y hay tanto talento como habitantes en una población. No hago más que preguntarme si sería necesario vigilar un lugar en el que todos tengamos que cuidar de todos. Supongo que no.
Pero lo que hace más insoportable a esta miserable conducta humana es su estúpido teatrillo infame. Ese en el que se lava las manos el Poncio Pilatos de turno, subvencionando la salida al mercado de una canción del grupo de moda, o de una película con un personaje ‘chic’ de la factoría de animación de siempre, o un spot para consumirlo en las supertelevisiones. Esas que tienen como máxima el insulto y la vejación en los programas de grandes audiencias. Y así, parece que se ha tratado de solucionar para bien todo. Y así, se estima que se ha puesto toda la carne en el asador. Qué bonita música. Qué personaje de cine tan mono. Qué anuncio tan molón en ese programa tan actual.
Pero mientras la industria pseudocultural de marras va haciendo caja, lo demás sigue igual. Todo esto solo es el Maquillaje de la Señorita Pepis. Qué pena da. Porque, además de no haber hecho nada, el pobre Pilatos se convierte en Herodes, seguramente sin querer, por no haber frenado todo esto a tiempo. Y este es un tema tan importante para el devenir de nuestra especie que no caben atajos. Debe ser prioritario. Y atacarlo todo desde la raíz. Desde ya.
Yo no sé si se ha enterado el politiqueo de que en esencia se gobierna para todos. No exclusivamente para los votantes del partido que manda, con el fin de mantenerse en el poder. Los ciudadanos necesitamos que se pongan de acuerdo de una vez por todas. Porque tienen el deber y la obligación de elaborar una ley de educación digna y estable. Sin partidismos. Sin electoralismos. Sin micronacionalismos. Sin macronacionalismos. Sin etiquetas. Necesitamos una ley en la que el adulto no se mire al espejo como dice Lacan. Es tan importante como urgente. Y que su objetivo prioritario sean los niños. Porque, si lo pensamos bien, son ellos los únicos que nos van a poder salvar.
Todo empieza así. Y termina todo asao. La historia comienza siempre con una etiqueta. Con un juicio. Con un simple comentario sobre un hecho que no gusta. Que no cuadra en un esquema cerrado. En un pensamiento cerril. Puede comenzar con un corte de pelo. Un gesto. Una manera de andar. Unos malditos pantalones. Una camiseta por fuera. Una visera hacia atrás.


















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