A mí, particularmente, las fusiones ni me entristecen, ni me alegran. Lo único que me suscitan es un punto de alarma, merced a mi experiencia, no como accionista, sino como espectador y modesto contribuyente, porque tras las fusiones la suma de empleados suele ser excesiva y, entre la empresa, los sindicatos y la colaboración gubernamental, le pegan un mordisco al maltrecho fondo de pensiones a través de las jubilaciones anticipadas. Da igual que esté la derecha o la izquierda en Moncloa. Los tres protagonistas del atraco legal están de acuerdo para evitarse líos, y un montón de hombres y mujeres, con una edad en la que podrían seguir trabajado un decenio más, comienzan a cobrar sus pensiones al cien por cien.
Cuando el erario público acude en socorro de las empresas camino de la ruina, los sindicatos tienen una definición exacta y le llaman "socializar las pérdidas". Bueno, pues en las fusiones los contribuyentes acudimos en socorro de los vencedores y les ayudamos a que no rebajen sus ganancias por el exceso.
El Pacto de Toledo está preterido. Todos los expertos aconsejan retrasar la edad de jubilación, y todos parece estar de acuerdo, pero las jubilaciones anticipadas, cada año, le pegan una dentellada al fondo de pensiones. Y los que se jubilen dentro de veinte años lo notarán. Y las empresas prósperas, que seguirán repartiendo dividendos gracias a la fusión, no van a repartir ganancias con los modestos jubilados, que sufrirán las consecuencias de de esta irresponsable y egoísta locura.
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