La España descentrada
Recuerdo que al finalizar “secundaria” en 1974, el Presidente de EE.UU. Richard Nixon, se vio obligado a dimitir por espionaje político, abuso de poder y por mentir al Congreso sobre todo. La gente no pasaba por ello. Compárenlo con la situación presente, donde eso y mucho más está a la orden del día y nadie dimite. Ni siquiera se le da importancia.
Somos incluso conscientes de lo que sucede. Hasta hace poco se tenía al pueblo por santo e inmaculado y hoy ya está claro que nuestros políticos de vuelo bajo -los más- están ahí porque alguien los ha votado “digan lo que digan, hagan lo que hagan”. Los políticos corruptos han conseguido hacer creer al pueblo que la corrupción le beneficia, como sucede en toda sociedad donde la Democracia degeneró en demagogia, velada con el nombre de populismo.
La Transición fue posible porque en 1975 una sociedad responsable, de clases medias, quería vivir en Democracia y casi todos sabíamos -moderados, rojos y azules- que ello no era posible sin ceder y sin el respeto al otro que da la tolerancia. Suárez fue el genio político hegeliano que comprendió el espíritu de su época y, desde la moderación y por tanto el centrismo, supo llevar de maravilla las riendas de la Transición, igual que González, Guerra, y hasta Carrillo, Fraga y Pujol, entre muchos otros. En el fondo todos compartían el centrismo. La gran tragedia de Fraga fue que lo inventó y Suárez se lo birló. Nada es idílico y hubo trampas oligárquicas en la Transición, como el sistema electoral de listas cerradas y bloqueadas, con el que la amenaza de “impeachment” o acusación parlamentaria, que provocó la dimisión de Nixon, no sería factible; la sobrerrepresentación de zonas rurales, o la mayoría hegemónica -durante demasiados años- del PSOE, debido al desmembramiento de la UCD. Un PSOE que a diferencia de los partidos socialdemócratas europeos, siempre tuvo unas bases filocomunistas, lo que obligaba a su dirigencia moderada a contentarlas con aspavientos demagógicos, tipo “el partido de los pobres”, o el fomento del libertinaje, al comprender los dirigentes del PSOE -y luego los de los demás partidos- que si una sociedad latina quiere marcha, los votos invitan a darle marcha. Se soltaron amarras y ahí está el resultado. No nos engañemos, el lamentable panorama social de hoy es difícil de arreglar, porque aqueja al menos a una generación entera.
Pero la moderación y el centro subsistían en el panorama político, pese a la pequeñez del CDS y de otros partidos como CiU, porque los grandes partidos ganaban las elecciones desde el centro, hasta que por primarias a la española, que a diferencia de las americanas destruyen las estructuras de partido y conducen al caudillismo, llegó un personaje de escaso C.I., que acaso por eso se dedicó a dividir, en vez de unir. Al no colar ya lo de obreros contra patronos, se inventó una película infantiloide de buenos y malos sobre la guerra civil, que es la que les han contado en la escuela como verdad oficial a nuestros hijos, de modo sectario y sin oposición; o de mujeres contra hombres, industria vs. ecología, etc. Ello agravado en la periferia por otra historieta oficial de España contra Cataluña, que un TC de nivel más político que técnico, validó con una sentencia, suave en su fondo, pero ideológicamente agresiva contra el Estatut.
Y de aquellos polvos estos lodos. Un PSOE extremo, en el que Sánchez se impuso a Madina, a quien Rubalcaba no quería al frente, por radical; un PCE antes moderado, fagocitado ahora por un engendro como Podemos, financiado por la Venezuela cubana e Irán; una CiU hundida por el escándalo Pujol, que preso de su corrupción, pasó de moderar a, bajo cuerda, encrespar. Un PP marianista sin ideología, al que le salió ese grano llamado Vox, cuyas propuestas casan mal con la Constitución, pero ni de lejos como las de Podemos. Y Rivera, que consiguió un centro sólido, lo sacrificó todo a su ambición de ser Presidente del Gobierno, si bien al menos tuvo la grandeza de dimitir. El panorama es complicado, pero no sin remedio. Continuará...
Emilio Suñé Llinás es Catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid.
Somos incluso conscientes de lo que sucede. Hasta hace poco se tenía al pueblo por santo e inmaculado y hoy ya está claro que nuestros políticos de vuelo bajo -los más- están ahí porque alguien los ha votado “digan lo que digan, hagan lo que hagan”. Los políticos corruptos han conseguido hacer creer al pueblo que la corrupción le beneficia, como sucede en toda sociedad donde la Democracia degeneró en demagogia, velada con el nombre de populismo.




















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