La vida pirata
“La vida pirata es la vida mejor...”, (y lo que sigue) cantan en mi pueblo los de la peña ‘Unidos Potemkin’. Es una nueva panda de camaradas que se han asociado hace muy poco tiempo. No se lo pasan nada mal. Lo malo es cuando tienen que echar cuentas, o repartir el botín de sus fiestas. Entonces sobrevienen los problemas.
De momento el chaval que cuadra las cajas la está liando parda. O no sabe de matemáticas, o es descendiente directo de Gauss. Por ahora no sabemos a ciencia cierta cuál de las dos posibilidades es la correcta. Pero de algo estamos seguros, está dando la campanada.
Todo está muy revuelto con esta peña, la verdad. Me fui de la urbanización huyendo del ruido del silencio de la Red y me he metido en un gallinero. No falta ninguno. Están todos: la gallina clueca, el capón, el pollo de medio pelo, el niño repollo, el pimpollo... Y esta noche regresaron Caponata con don Pin Pon.
¡Vaya corralito! Algo tapan, porque no hacen más que insultar a las demás asociaciones. Para mí que esconden algo.
Funcionan a modo de cooperativa o algo así. Y no hacen más que decir que lo que hay en España es de los españoles, pero que lo que hay en su peña es de sus administradores. Y ha habido algunos a los que no les ha sentado nada bien eso.
Los que llevan más tiempo en el lío dicen que desde que se perdió el monedero por las cloacas de su nueva sede, no levantan cabeza. Que han multiplicado su deuda por seis. Que las cosas no están dando frutos. Que alguno ya no tiene ni la mitad de la neurona que le quedaba. Y que los de arriba se tienen que bajar ya del barco. Yo creo que lo de estos Juntos Potemkin tiene pinta de motín.
Lo que más le ha dolido a la tropa, sin duda, es que se hayan perdido algunas facturas de las últimas fiestas del pueblo. Bueno, eso, y lo del limosneo, que está sentando fatal. Y es que se han montado unas cajas solidarias, a modo de misericordia, que parece que les están dando los despojos a sus correligionarios. La carne podrida. Funcionan más o menos como esos cepillos de iglesias en los que uno da, a su entender, lo que le sobra.
Y claro, ya ha saltado la liebre. Peor, el gallo se ha puesto farruco. Porque se ha acostumbrado al buen comer. Y cuando a uno le atacan por el estómago... ¡Malo! Ya lo decían los abuelos de mi pueblo: “Doce gallinas y un gallo comen tanto como un caballo”. Sin duda lo estaban viendo venir. Qué malas son las buenas costumbres, compañeros.
Por mi parte, como no estoy acostumbrado a tanta canallada, a tanta infamia, ya he visto todo lo que tenía que ver este verano. Así que me marcho a casa que esto está más acabado que la Revolución Rusa.
Me voy porque la vida pirata es la vida mejor, camarada. Sobre todo si la vives llenando con sobras de sobres solidarios, para callar la boca de la peña. ¡Ay! Pero ya no cuela, queridos bucaneros. Ya queda poco para que, a costa de todos, eso sí, el gallito capón, se vaya con su sirena a vivir al fondo del mar. (O a una cloaca). Sin trabajar. Sin estudiar. Con la botella de ron.
De momento el chaval que cuadra las cajas la está liando parda. O no sabe de matemáticas, o es descendiente directo de Gauss. Por ahora no sabemos a ciencia cierta cuál de las dos posibilidades es la correcta. Pero de algo estamos seguros, está dando la campanada.




















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