A excepción de las establecidas con aquellos a los que hay verdadera necesidad de oír, sanitarios, enfermos, familiares, científicos, policías y poco más, la mayor parte de las videollamadas que trascienden del ámbito privado al público aparecen como enteramente prescindibles, si es que no como impertinentes en medio de tanto dolor, casi tan impertinentes como las noticias relativas al "coste económico" de ésta pesadilla que diezma a nuestros mayores y que nos ha despojado de lo más valioso, la libertad.
Si no fuera por esa intrusión de lo bobo en lo dramático, el género de las videollamadas podría tener su aquél: muestran, en general, la escasa afición de los españoles a estar en casa, y, en consecuencia, esa desidia que se percibe en su atmósfera y en su decoración. Se dice, y se repite, que a los españoles nos chifla la calle, pero esa inclinación no tendría que equivaler obligatoriamente a detestar la casa, pues se trata de dos espacios perfectamente compatibles. Sin embargo, lo que vemos tras el busto parlante del político, el cantante, la influencer, el contertulio o el deportista de turno es, dejando a un lado de momento las consideraciones estéticas, algo tremendo: casi todas las casas son iguales.
Si las casas son, al margen de su humildad o su opulencia, como quienes las habitan, ¿qué pasa?, ¿que todo el mundo es igual? No lo creo. Por mucho que las personas se esfuercen, y vaya si se esfuerzan, en no desentonar, en ser iguales, cada una es un mundo, bien que ignoto incluso para ella misma. ¿Qué ocurre, entonces, para que, al contrario del común de los hogares alemanes o franceses, los nuestros sean tan desangelados, esto es, carentes del ángel que los singularizaría? La estética puede ser otro cantar, pero aunque se dice que sobre gustos no hay nada escrito, no es verdad, sí hay mucho escrito, y muy bueno, y esos escritos dirían que, además de iguales, la mayoría de nuestras casas son feas de narices.
Es cierto que en algunas, las de los escritores, los filósofos y los periodistas sobre todo, hay libros, librerías atestadas de tesoros, y que en algunas otras pocas la iluminación es acariciadora o hay plantas y animales que las vivifican. Pero casi todas son iguales, salvo la de Rosa Díez, aunque eso sí que es otro cantar.
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