La enviada especial de Sánchez a Waterloo pudo recibir con un día de antelación las exigencias de Puigdemont para revalidar en la presidencia al actual inquilino de la Moncloa: la amnistía para los golpistas del 1-O y el referéndum de independencia de Cataluña. El hombre que proclamó durante unos minutos la república catalana y que luego huyó cobardemente en el maletero de un coche acaba de hacer público el precio de su apoyo a la investidura de Sánchez sabiendo que será bien aceptado aunque sus reivindicaciones están fuera de la ley y de la Constitución.
Puigdemont -que hace valer su peso en oro de los siete diputados de Junts en el Congreso- no duda en vejar a los españoles y a las instituciones democráticas cuando proclama que se mantiene la legitimidad del referéndum del 1 de octubre y que "no ha renunciado ni renunciará a la unilateralidad". Es lógico que el proscrito se crezca porque el inmoral y su cuadrilla que gobiernan en España ya se han encargado de despejar el camino al eliminar el delito de sedición. Es una clara invitación a repetir el intento de declarar la independencia de Cataluña.
En una de sus más deleznables e hipócritas intervenciones, Sánchez ha defendido su acercamiento a Puigdemont argumentando que hay que "pasar página" y dar una respuesta política al conflicto catalán. Así, de un plumazo, el demócrata y progresista Sánchez se carga el Estado de Derecho al dejar en papel mojado la sentencia del Tribunal Supremo que enjuició y condenó de manera intachable a los golpistas catalanes, a quienes no dudó en indultar con tal de seguir amarrado al sillón y al Falcon. ¡Despreciable! Hasta el prestigioso Washington Post advierte que España es "rehén de una facción de extremistas regionales disidentes" y avisa sobre los riesgos que afronta el país al depender el Gobierno de los chantajes del prófugo Puigdemont.
Sin embargo, Sánchez no duda en que repetirá mandato arropado por todos los partidos declarados enemigos de España, de su unidad y de su Constitución. Una muestra más de su estilo arrogante y soberbio, que desprecia la liturgia de la democracia al tachar de inútil y pérdida de tiempo el intento de Feijóo de someterse a la investidura por encargo del Rey. Se jacta de que al líder del PP no le dan los números pese a ganar las elecciones y sumar de momento 172 escaños, muy por encima de los 121 escaños que logró el que afirma, sin sonrojarse, que ganó las elecciones.
Es, sin duda, una anomalía democrática que el perdedor quiera gobernar. Cierto que el sistema español es parlamentario y no presidencialista y que el presidente es quien consigue más votos en el Congreso, pero que esos apoyos sean los de los herederos de ETA y los de los golpistas catalanes, sería motivo más que suficiente para que el candidato socialista reconozca que hay líneas rojas que un demócrata nunca debería cruzar. Así se lo ha recordado el propio Felipe González, quien ya lo demostró con su ejemplo al admitir que no podía aspirar a gobernar porque perdió ante Aznar con menos votos de diferencia que ahora Sánchez con Feijóo. Desgraciadamente, Sánchez se muestra sordo ante las escasas voces socialistas que se atreven a advertirle que con esos compañeros de investidura y sus ilegales exigencias no se puede gobernar.
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