Que si la construcción de los estadios ha producido centenares de muertos. Que si la mujer está oprimida. Que si la homosexualidad está considerada como un pecado. Que si se vulneran los derechos humanos. O “que si la túnica, o que si la casaca…”, como decía el bueno de León Felipe.
Pero, siendo sinceros, a partir de ahora -en veintinueve días, durante sesenta y cuatro partidos de fútbol- al mundo informativo europeo le va a dar igual el número de accidentes laborales en los que han perdido la vida cientos de hombres en Catar. O si el sexo femenino tiene el mismo derecho que el masculino en el Golfo Pérsico. O si ser gay es un delito penal y espiritual en los países árabes. O si se aplica o no la pena de muerte en el mundo del petrodólar. Porque todo lo que moralmente pensemos como lo más óptimo, o lo más loable, para el presente o para el futuro de nuestra sociedad, se lo va a devorar un balón cosido a patadas en noventa minutos más los que añada un árbitro a cuenta del VAR.
Y es que por mucho que dos o tres quieran alzar la voz, las páginas de los periódicos deportivos y Luis Enrique con sus ‘streaming’ van a enterrar cualquier reivindicación. La van a sepultar entre la maraña informativa. Porque “el fútbol es así”, como decía Vujadín. El que manda es el bramido del balón y las demás voces ya no cuentan. O al menos del mismo modo.
Quizá por eso debió escribir una vez el propio León Felipe que hay un turno de voces: “yo grito, tú rezas, él canta”. El mismo que se va a vivir en un estadio de fútbol construido bajo la miseria de la moralidad catarí amparada por la vieja guardia europea. Porque mientras las aficiones rugen en los estadios hechos con sangre y los niños aprenden a rezar por ver ganar a su equipo, los jeques van a estar cantando al tiempo que cuentan su dinero mofándose de toda Europa. Y de su hipocresía mundial.
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