Pues sí, otra plataforma multimedia pasa a manos de una de las grandes fortunas del planeta. Bien es cierto que no es nada nuevo, porque las empresas más punteras de la comunicación siempre han estado vinculadas a las personas más acaudaladas del universo del dólar. No obstante, por lo que realmente debemos de estar al acecho no es porque un tipo podrido en dinero haya comprado una de las redes sociales con mayor capacidad de influencia en la población. No. Sino porque este personaje, Elon Musk, no es el primer multimillonario de la historia que quiere servirse de la compra de un medio de gran repercusión para ostentar aún más poder.
Conviene no olvidar que la concentración de las empresas de comunicación ha sido y es un hecho bastante habitual, y que además es algo que también sucede en cualquier otro sector económico. Lo que ocurre es que cuando hablamos de difundir contenido por cualquier medio o soporte la cosa se pone un poco más seria porque aquí está en juego gran parte de nuestra libertad. Al menos la que concierne a expresarse e informarse libremente. Y este tema no es baladí, es un derecho fundamental que no solo lo recoge nuestra Constitución, sino también la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Pero como únicamente nos acordamos de los pepinos cuando estallan cerca… Pues eso, que Santa Bárbara ya debe de estar muy cansada de apagar las mechas que nos trae a veces el fuego mediático.
Tampoco hay que irse a los tiempos en los que William Randolph Hearst intentó servirse de la concentración de la prensa para manejar el poder, que también. Y es que observando solo lo más reciente podemos comprobar que hace apenas un lustro que Rupert Murdoch, otro personaje del mundo mediático, vendió su imperio de la Twenty-First Century Fox a Disney Enterprises por cincuenta y cuatro mil millones de dólares después de haber conseguido obtener grandes logros personales a cambio de dinero y de atentar contra la intimidad de las personas con unos cuantos escándalos de escuchas ilegales. Pero ni por esas nos hemos dado cuenta de que estamos en manos de una inmensa fábrica de producir contenido altamente delicado dirigido por una élite sin escrúpulos que en muchos casos no se ha dignado nunca a tratar de juntar cuatro letras.
Jeff Bezos, el dueño de Amazon, por ejemplo, es empresario e ingeniero, sí. Y hasta ahí muy bien, pero su soberanía digital hecha a base de bits ya controla el Washington Post, el periódico de mayor credibilidad mundial. Y no solo eso, también se encarga de mandar en Twitch, la plataforma de vídeo en streaming más influyente en la actualidad y que posee casi ciento cuarenta millones de usuarios. Además, su Amazon Prime tiene más de doscientos millones de suscriptores en todo el mundo. Y a todo este holding mediático dirigido por él mismo habría que sumarle Alexa, LivingSocial, Audible, IMDB… entre otros negocios vinculados directamente con el mundo de la comunicación.
De ese palo también va Ricard Branson, uno de los dueños de la industria del entretenimiento. Su organización, Virgin, controla más de cuatrocientas empresas en todo el planeta. Ocio, tecnología, telefonía móvil, banda ancha, finanzas, medios, salud… Y, por supuesto, tampoco ha olvidado el blindaje de su marca a través de los medios de comunicación digitales.
Así que tipos como Jeff, Richard o Elon -a los que ahora les ha dado también por fabricar cohetes para fabricarse una nueva odisea en el espacio- son personas que no solo dominan la economía, sino lo que se dice sobre la economía. Y esto puede ser lo peor porque ahora los propios medios están dejándose controlar por las grandes fortunas de la misma forma que en su momento se dejaron invadir por el imperio del politiqueo. Así que como los periodistas sigamos vendiendo nuestra casa y nuestra profesión a la tiranía del dinero muy pronto vendrán muchos más problemas en forma de guerras, de más virus o de vaya usted a saber. Y entonces veremos qué pájaro libera a quién.
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