Tras media hora o una hora entera oyendo una música espantosa y, de vez en cuando, una voz robótica que le dice que espere, que ya le atenderán, el hipotético funcionario ya puede elevar a sus jefes de la CNMC el informe completo y su conclusión: se burlan.
Pero las comercializadoras gasísticas que tienen el deber de comercializar con arreglo a la ley, no sólo se burlan de sus clientes, sino de la propia ley, lo que equivale a que se burlan doblemente de los clientes a quienes la ley ampara o debería amparar. Dicha ley establece en un máximo de tres minutos el tiempo que un usuario debe esperar para que se le atienda telefónicamente, y no un robot, sino una persona. Más de tres minutos escuchando esa horrible música que parece extraída de las peores pesadillas del Hilo Musical, puede afecta afectar gravemente, y lo hace, a la salud, aunque ese límite tampoco asegura que el ser humano que atienda después se entere de gran cosa y active el cambio solicitado.
Las empresas del ramo, a algunas de las cuales, por cierto, no les conviene que la gente se pase a la regulada desde la del mercado libre en la que le cobran tres y hasta cuatro veces más, arguyen que sus servicios de atención se han visto desbordados por la avalancha de peticiones, pero no parece que hayan hecho nada para reforzar ese servicio, que, como su propio nombre indica, tendría que servir para algo. El tiempo es oro, pero se ve que el de los usuarios pegados al teléfono vale menos que el que las compañías dilatan en hacer la transmigración tarifaria.
Así las cosas, una de dos: o las comercializadoras comercializan como dios manda, o el Estado, la CNMC, interviene el servicio y pone a sus funcionarios, que los tiene, para sacarlo adelante. Cualquier cosa, en fin, menos esa burla constante e impune a la ley. Cualquier cosa menos esa música infernal de interminable espera que fríe los sesos del ciudadano.
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