Las Instamamis son el no va más, el colmo del disparate y la contradicción. Dicen a la gente lo que hay que hacer, pero sin aplicarse el cuento. Y van dando lecciones de cómo debería ser una auténtica vida en familia mientras desatienden a la suya, absortas al móvil y puestas hasta las trancas de dopamina.
Ofrecen milagrosos consejos médicos sin haber cursado tan solo una asignatura de medicina. Cocinan en ‘streaming’ platos con ingredientes que ni siquiera sabían que existían una hora antes de emplatarlos. Y hacen, sin vergüenza, las veces de psicólogas mientras se debaten entre la ansiedad y la depresión a golpe de tecla. A base de ‘reels’.
Pero lo peor de todo este dislate no son ellas mismas, sino quienes las hacen caso. Las mamis guais. Las candidatas a influencer. Las que aspiran a la canonjía sin conocer realmente la esclavitud a la que te somete el algoritmo de la red. Un algoritmo atroz que obliga a subir contenido bazofia para seguir estando en la cresta de la ola aunque emocionalmente te hayas ahogado en ella.
A cuenta de todo este despropósito, la revista ‘Computers in Human Behavior’ se acaba de hacer eco de un estudio de la Universidad de Missouri en el que se pone en entredicho todo este mal endémico de publicar por publicar en la red social. El estudio ha revelado entre otras cosas que la maternidad idealizada de las influencer ya está afectando no solo a las propias instamamis, sino a la salud mental de todas esas madres que las idealizan. Pero, obviamente, las afectadas no solo son ellas, sino sus propios hijos que, como siempre, serán los que paguen las más graves consecuencias de su adicción al teléfono y a la irresponsabilidad.
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