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DAVID LAVILLA
Lunes, 03 de Octubre de 2022

Estadio de noche

Han muerto en pleno siglo veintiuno más de ciento setenta personas viendo un partido de fútbol en un ‘Estadio de noche’ en Indonesia. Cerca del diez por ciento de las víctimas eran niños que acompañaban a sus padres para ver jugar, sin saberlo, por última vez al equipo de sus amores. 

 
Muchos de ellos dejaron de respirar en el hospital, donde ya no pudieron hacer nada para salvarles la vida. Y una treintena del total de esas personas falleció en el propio campo de juego, donde solo se tenía que haber disputado un partido de fútbol y no una batalla campal entre idiotas contra gilipollas.
 
Es triste decirlo, pero es así. La sociedad está enfermando a pasos agigantados. Lo estamos viviendo en primera persona en nuestro entorno más cercano con las desgracias colaterales que trae una gravísima crisis mundial: éxodos masivos, enfermedades, precios descontrolados, desempleo, miseria, muerte. Y justamente la angustia de no saber qué va a pasar en un entorno que presumía de ser muy seguro, está generando un caldo de cultivo que está sacando lo peor que lleva dentro cada persona.
 
El fútbol ciertamente es un buen termómetro para medir la decadencia social. Pero no lo hace por el mero hecho de ser fútbol, no. Sino porque cuenta con cerca de cuatro mil millones de seguidores y, entre tanta gente, es muy normal que aparezca la estupidez con la misma soltura que brotan las setas en otoño. Decía el italiano Cipolla en su ensayo ‘Allegro ma non troppo’ que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica que tenga. Por lo que casi se podría asegurar que el fútbol solo es una añadidura que va sumada a la tontería intrínseca que lleva de serie cada ser humano. Cada persona. 
 
Con mayor o menor razón se ha cuestionado al fútbol de manera recurrente por ese halo de violencia y estupidez que le va acompañando toda la vida para su desgracia. Y, en vez de ver su belleza, su estética, y la posible aplicación de sus valores, el foco siempre ha estado en la parte de la masa más tosca que lo frecuenta. En países muy dados al fútbol vehemente, como Inglaterra o Argentina, algunos de sus más celebérrimos pensadores se han encargado de criticar este deporte y de manchar de forma desmesurada a la pelota, como decía Maradona. El inglés George Orwell, el mago de la distopía, por ejemplo, llegó a decir que ya existían demasiados conflictos reales como para ver a unos cuantos jóvenes liarse a patadas en medio del rugido de un público enfurecido. Y Borges, una de las mentes más brillantes que ha dado Argentina, sostenía que uno de los mayores crímenes que había cometido Inglaterra había sido inventar el fútbol. 
 
Luego, eso es verdad, otros autores como Galeano, Benedetti, Sacheri o Camus se han encargado de engrandecer este deporte y darle el espacio intelectual que merecía. También aquí, en España, Vázquez Montalván (FC. Barcelona), el propio Javier Marías (Real Madrid) y Almudena Grandes (Atlético de Madrid) han llevado al deporte rey al más alto de los altares y han sido grandes embajadores de sus equipos. Por su parte, Rowling (West Ham), Sartre (PSG), Priestley (Nottingham Forest) o Salman Rushdie (Tottenham Hotspur) han hecho lo propio con sus colores. Así que toda esta lista de fenómenos algo habrá visto en el fútbol que vaya mucho más allá de la idea de unos pirados por radicalizarse y querer matarse entre ellos.
 
Porque en contra de toda esta majadería, y a favor de las víctimas inocentes que se haya saldado esta estúpida contienda en un terreno de juego, el fútbol también ha servido para hacer arte y homenaje. Como el que Günter Grass, premio Nobel de literatura, casi anticipadamente haya dejado escrito sin querer a los pobres inocentes de Indonesia: “Lentamente ascendió el balón en el cielo./Entonces se vio que estaba lleno el graderío./ En la portería estaba el poeta solitario,/ pero el árbitro pitó fuera de juego./“. Fue curiosamente en su obra ‘Estadio de Noche’. Donde ya no viven solos los poetas.
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