A uno, republicano confeso y empedernido, le caía bien Isabel II, e incluso tiene uno en su rincón de escribir un encantador retrato al óleo de ella que compró hace muchos años en una ropavejería de Gibraltar. Lo había pintado un artista local cuando la muchacha visitó La Roca en 1954, durante la primera gira de su reinado. Es más; el cuadro, ya digo que encantador, estaba vandalizado. Alguien lo había acuchillado aquí y allá, sobre la banda azul a la altura del corazón, en las manos tenuemente enlazadas, en el talle del vestido de hada, y uno lo curó como pudo, bien que sin cometer el exceso de llevarlo a restaurar. Tal vez por ese retrato, y por la existencia tasada a lo Jim Carrey, a uno le apenó más que su muerte, inevitable en cualquier caso, su vida.
Por ser Truman en "El show de Isabel", conocíamos su vida, así como la del resto del potente y excéntrico elenco, mejor que ella misma, que en su edad provecta habría olvidado un montón de cosas de su existencia que nosotros, los espectadores, no. Su destino, por haber caído por azar en el seno de esa Royal Family Company, estaba escrito desde la cuna más allá de lo que los demás lo tenemos por imperativos genéticos, y, tan extremadamente tímida como era, no le quedó otra que vivir en las tablas, iluminada siempre por las candilejas del proscenio y apuntada siempre por el apuntador. Se escondía bajo los sombreros y tras los bolsos que sacaba invariablemente a escena y pensaba, mientras recitaba el papel, en si sus perros habrían comido ya o no.
Por representar su vida escrita por otros, por los guionistas del crepuscular Imperio, ante la mirada del mundo y de sucesivas generaciones, Isabel II era percibida como de la familia, pero no lo era. Pertenecía a una saga dramática de actores shakespirianos, y su muerte pudiera anunciar, seguramente, el fin del show.
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