Entiéndanme. No quiero comparar a Hitler con Donald Trump, ni a Donald Trump con Pedro I, El Mentiroso, sino abundar en la evidencia de que los votantes nos dejamos engañar y podemos conceder el poder a un sanguinario cruel, a un soberbio millonario, o a un cínico egoísta, que el día que se caiga de lo alto de su cinismo, se nos mata.
El problema de estas equivocaciones es que nadie pide responsabilidades, mientras el afortunado de la equivocación puede destrozar un país, y, según como sea el país, el mundo. No se olviden de que Putin alcanzó el poder, también a través de las urnas.
En la disparatada y cruel II República Española, sucedieron casos que llegan al ridículo, como somneter a votación la existencia de Dios. Por cierto, salió que no existe.
En Estados Unidos, el hijo de papá millonario, engreído y boquirroto, presunto delincuente, Donald Trump, puede volver a ser presidente de Estados Unidos. Imagínense. Con Ucrania, Taiwán, China, los Balcanes, el sur de América -donde avanzan los totalitarios de izquierda- y África a merced de unos cuantos tiranos, en alquiler al mejor postor. Y los tontos contemporáneos del nordeste de España mirándose el ómbligo del independentismo totalitario. Y El Mentiroso, engordando la deuda de España, que no sé yo si la podrán saldar mis nietas. Y la falta de protestas. Y el silencio, y la cobardía. Y la fórmula de que no pasa nada y, si pasa, se le saluda con educación. ¡Bendita ignorancia! No me extraña que los simpatizantes de Casandra estemos mal vistos.
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