Espero que alguien en La Moncloa no me tache de 'intoxicador' por decirlo y por lo que a continuación escribo.
Acusa el presidente a los medios de, con la publicación de rumores sobre cambios de ministros, pretender "dar la imagen de que este no es un Gobierno estable". Y yo afirmo algo que no es ni una especulación ni un rumor: es que resulta que este no, repito, no es un Gobierno estable. Las disensiones, los forcejeos, son algo cotidiano entre unos ministros que en según qué casos ni se dirigen la palabra. Las fricciones van mucho más allá de lo que sería tolerable en una coalición y lastran un óptimo funcionamiento del Ejecutivo.
Dice el presidente que este Gobierno, en su actual composición, "va a durar hasta el final de esta Legislatura". Me permito también negarlo. Ni siquiera el propio Sánchez sabe si podrá mantener a todos sus ministros/as en el Consejo hasta el otoño de 2023, dado lo galopante de una actualidad especialmente inestable, cambiante, y la necesidad de encontrar candidatos 'conocidos' para las próximas elecciones municipales. Y, sobre todo, dada la capacidad de errar clamorosamente que muestran algunos ministros/as, alguna de las cuales hace tiempo que debería haber sido cesada: recuerde usted el sonrojante episodio de la 'foto de la playa' impulsada por el Ministerio de Igualdad. Ni un minuto debería haber seguido en el cargo la titular de esa cartera, responsable, por cierto, de otros varios dislates.
Pero hay un tercer elemento que me parece importante destacar: la necesidad imperiosa de esa remodelación ministerial. Ignoro, claro, cuándo piensa, si es que lo piensa, el presidente llevarla a cabo. Pero el conjunto de desaciertos recientes en el enfoque de las cosas registrado desde algunos Ministerios, y desde el propio Gabinete del presidente (y aledaños, que quizá no estén en La Moncloa) harán que, inevitablemente, como hizo con la dirección del PSOE, separe a algún ministro e incorpore alguno nuevo, aunque procurando, es de suponer, reducir el excesivo número de carteras. Un nuevo rumbo para nuevos tiempos.
De la gestión de 'Pegasus' al 'decretazo energético', pasando por la elección de los enemigos 'poderosos', muchos han sido los disparates en el enfoque global del Gobierno, que justo es reconocer que también tiene otras aportaciones interesantes. No estaré, desde luego, entre quienes (y son bastantes) niegan al Ejecutivo hacer o haber hecho algo positivo: el debate con algunos intransigentes, más papistas que el Papa en su oposición total al Gobierno, lleva en alguna ocasión a erigirse en defensor de un Gobierno que seguramente no merece demasiado ser defendido en su conjunto.
No está Sánchez, en todo caso, para dar consejos sobre cómo y cuánto informar y menos aún sobre lo que es veracidad en la información ni sobre lo que es transparencia para acceder a ella. Cierto: los periodistas nos hemos acostumbrado a no creerle, y motivos hay para ello. Seguramente merecemos, globalmente, algunas críticas; quién no las merece. Pero no, desde luego, procedentes del presidente ni en esta materia. Mala táctica es criticar a los medios informativos desde el poder político (o económico): lo han hecho demasiados personajes, teóricamente 'intocables', que han caído estrepitosamente. Sánchez, a veces, da la impresión de que se pone la soga al cuello. Y opinar esto no comporta la menor voluntad tóxica, de veras.
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