Recuerdo que pasé la prueba más fácil, la del pregón, que lo escribí en verso, pero quedaba la prueba más difícil: la comida con la raya como protagonista principal. Comida gallega, claro. O sea, que se empieza a picar algo sobre las dos de la tarde, luego se sienta uno a comer, y a un plato sigue otro y, cuando te levantas de la mesa con el sabor del último orujo, ya son las siete de la tarde. Como dice el galego con sorna: "Iso é o malo, queda pouco tempo para cear". Y tiene razón, después de estar cinco horas comiendo y bebiendo, te descuidas un poco y cenas pasadas las once de la noche.
Pero me faltaba otra prueba al día siguiente, y es que Telmo nos invitó a María y a mí cenar a su casa, y nos preguntó qué nos apetecía. Hace casi un cuarto de siglo la zamburiña apenas tenía demanda, como le sucedía a los berberechos, en los años sesenta, que se regalaban en las tabernas como aperitivo, con la misma largueza con que en Madrid te ponían unas aceitunas de tapa. Y parecían una especie de marisco local, así que mi mujer y yo sugerimos las zamburiñas.
Recuerdo que tomamos zamburiñas a la plancha, empanada de zamburiñas, zamburiñas al horno, y un guiso -naturalmente de zamburiñas- tan exquisito como los anteriores, y todos salidos del arte culinario de Loli Táboas, la mujer del alcalde, que debe ser la causa de que Telmo gane las elecciones.
Intentando hacer un juego de palabras, les di las gracias a Loli y a Telmo, y les dije que, a lo mejor, con las zamburiñas nos habíamos pasado de la raya.
Hoy, viernes, en Sanxenxo creo que andan todos muy atareados. Y estoy seguro que por allí nadie se pasará de la raya. Les conozco.
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