Hace unos años, el equivalente a lo que sería el presidente de la Asociación de la Prensa, en el Reino Unido, dijo en un acto: "Las relaciones entre el Gobierno y la Prensa no son cordiales. Naturalmente mantienen puntos de vista diferente, e incluso contrarios. Podríamos decir que las relaciones están enfrentadas, y debemos hacer todo lo que podamos para que NO mejoren en el futuro".
Claro, que quien dijo esas palabras era un periodista, representante de periodistas. Pero si, en España, quienes representan a los periodistas optan por repartir broncas como si fueran un híbrido de Gobierno y Prensa, entonces, por favor, expúlsenme. Y no lo digo por defender intereses gremiales, sino por defender la libertad. Una democracia sin libertad de Prensa, con acreditaciones filtradas por el grado de sumisión y entusiasmo en el aplauso, poniendo vetos a aquellos medios que no sean de la cuerda ideológica del Gobierno, no es una democracia. Porque en una Democracia la única censura es la que ejercen los oyentes, los lectores o los espectadores de televisión, No viendo, No escuchando o No leyendo, determinados medios y determinados periodistas. Esa es la libertad.
Lo contrario, tratar de enmudecer y de negar información a quien se sospecha que no será suficientemente halagador, es el reflejo propio de una mente dictatorial, que no soporta la crítica, ni siquiera en forma de pregunta. Y, por favor, dejen de defendernos con notas de tibieza sobre fondo turiferario. Los que escribimos en la censura franquista tenemos una larga experiencia de estar representados por quienes sólo representaban los intereses de la Dictadura. Ya lo hemos vivido. Expúlsenme, por favor.
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