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DAVID LAVILLA
Lunes, 25 de Octubre de 2021

Hijos del azúcar

Mientras Alberto Garzón anda liado con su campaña “Hijos del azúcar”, los padres de las criaturas apenas tienen para poder pagar la luz. Así que, por ahora, podría dejar a un lado el ministro el tema de las cocacolas para dedicarse a garantizar a las familias un hogar caliente.

Llega ya el invierno a España. Y puede ser el más gélido de los últimos cuarenta años. Pero en este caso no lo va a ser por la temperatura que marque el termómetro exterior, sino por la que indique el de nuestra casa. 
 
No, no es ninguna broma. La factura de la luz lleva superando los 200 euros el megavatio hora demasiado tiempo, y nadie parece que quiera tomar el control. Al menos los que deberían hacerlo. Garzón anda liado diciendo a los niños lo malas que son las chuches. Calviño y Yolanda Díaz siguen enzarzadas por la reforma laboral. Ione Belarra está peleándose con el Tribunal Supremo porque han echado del Congreso a su amigo Alberto, el pateador de policías. Reyes Maroto está descorchando botellas de cava porque los Presupuestos Generales del Estado le van a permitir gastar un poco más. Y Pedro Sánchez… bueno, Pedro Sánchez, sí. Continúa con su principal trabajo en esta legislatura: posar para la foto mientras ofrece limosna a los españoles a la salida de sus actos públicos.
 
Esta vez lo ha hecho en el Congreso del PSOE en Extremadura. Y ha prometido cien millones de euros para ayudar a casi un millón y medio de hogares vulnerables con la subida de la luz, que este domingo ha alcanzado un nuevo techo histórico: 213 euros el megavatio hora. Es decir, que va tirando de cartera como los caciques para garantizarse sus votos con vistas a las próximas elecciones. Eso sí, no ofrece nunca ninguna solución económica efectiva y real para un problema de tanta relevancia como el energético. Aunque era de esperar, tampoco propuso ningún remedio político y sanitario para acabar con la pandemia. Es más, fracasó en todo lo que propuso. Incluso nos restó a los españoles el bien más preciado que habíamos conseguido gracias a la Constitución del 78: nuestra ansiada libertad. Porque el presidente de la pandemia en España convocó dos estados de alarma anticonstitucionales y delegó en las Comunidades Autónomas cualquier tipo de responsabilidad. 
 
Dice John Maxwell, uno de los grandes expertos en liderazgo de nuestro tiempo, que el mejor día de nuestra vida es justo en el que nos mostramos responsables de nuestros actos, porque es justo el día en el que empezamos a crecer. Y a Pedro lo único que le crece es el dinero en su cartera y quizá algunas plantas que tenga a bien regar en La Moncloa. Aunque, conociéndole, seguro que también delegará esa obligación.
 
Pero este Gobierno, con Pedro a la cabeza, es responsable de esta hecatombe. Y, tras la pandemia, ahora va a ser incapaz de protegernos de una crisis energética sin parangón. Porque a este paso la letra de la hipoteca va a resultar ser una mera anécdota mensual en comparación con el recibo de la hidroeléctrica de turno. Y es que nosotros, los españoles, a los que siempre nos ha costado poder llegar a fin de mes para poder pagar la casa, ahora nos va a resultar mucho más complicado poder vivir dentro de ella.
 
Es muy cierto que el escenario de la pandemia parecía una quimera si alguien se lo hubiera planteado un par de años antes de que ocurriera. Pero ahora, en un escenario tan volátil, ¿por qué nadie se ocupa de estudiar y predecir posibles graves problemas?
 
Algunos países, como Austria, ya preparan a su ejército ante el posible riesgo de un ‘blackout’ mundial. Un apagón energético que podría ser el resultado de los conflictos económicos que devienen de la propia gestión de la crisis pandémica. Pero eso solo lo hacen los que saben liderar con responsabilidad. El Gobierno de Sánchez solo es experto en saber pelearse entre ellos, en dar limosna y en suprimir derechos y libertades. La única solución que parecen conocer es la de la subvención y las paguitas. Y seguro que piensan que con la subida del impuesto de las cocacolas les va a dar para comprar nuestro silencio con un sueldecillo extra. Y tenernos así contentos al populacho. Porque para ellos somos unos estúpidos idiotas. Simples parias de la tierra. Unos meros hijos del azúcar.
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