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DAVID LAVILLA
Lunes, 11 de Octubre de 2021

La Pilarica

Dicen los textos sagrados que al apóstol Santiago, a su paso por Zaragoza, se le apareció la Virgen María en “carne mortal”, antes de la Asunción, subida a un pilar de jaspe. Y le pidió al Santo Patrón de España que edificara un templo en su memoria. Hoy el Ebro abraza el primer santuario para honrar a la madre de Dios. Sin embargo, parece que gran parte de este país sigue sintiendo vergüenza de este maravilloso milagro. Y de tantos otros grandes acontecimientos históricos en los que, de una forma u otra, ha intervenido el pueblo español.


En el Día de la Hispanidad, seamos creyentes o no, podríamos sentirnos un poco más orgullosos de que este prodigioso acontecimiento cristiano ocurriera en nuestra tierra. Pero no. Y mientras otras naciones exportan sus tradiciones religiosas y culturales “por toda la ancha tierra”, como dirían Walt Whitman, en España nos dedicamos a hablar mal de nosotros mismos. E incluso hemos llegado a darnos muerte entre hermanos por discutir nuestro legado en el mundo. Pero, tristemente, seguimos sin aprender la lección.
 
Y es que vive España una estúpida estirpe de maricomplejines, como diría Federico Jiménez Losantos, que quiere hacer empañar todo lo bueno que tiene nuestra tierra. Y cuando uno luego sale al extranjero, y le preguntan por esta misma cuestión, se tiene que achantar. E incluso darles la razón. Y decirles: “Sí, es una de las pocas desgracias con las que tiene que convivir un buen español”.
 
Milton Cohen-Henríquez, el que fuera embajador de Panamá en España, ya nos puso en evidencia en su momento haciendo viral un vídeo hace años. Con él pudimos comprobar cómo una autoridad de otro país conocía y valoraba nuestra cultura mucho más intensamente que nosotros mismos. 
 
Así que, cada vez que visualizamos por Youtube esa conversación amistosa del bueno de Milton, algunos españoles nos empezamos a preguntar más cosas sobre nuestra persistente manía de dejarnos mal en la foto delante de la opinión pública internacional. Aunque quizá todo esto nos sirva de aprendizaje y, al menos, nos obligue a indagar un poco más sobre la cultura española. O sobre nuestros ridículos complejos. 
 
Y así puede que entonces empecemos a hacernos preguntas reflexivas tan simples como, por ejemplo, si se sentiría Estados Unidos culpable de haber descubierto un nuevo continente, aunque Biden nos ponga a parir por ello a los españoles últimamente. O qué pasaría si en vez de España fuera Francia quien tuviera quinientos millones de hablantes nativos. O si verdaderamente no presumiría la cultura japonesa de tener artistas de tanto calado universal como Cervantes, Lorca, Velázquez, Goya o el propio Antonio López. O qué sucedería si un hijo de la Gran Bretaña hubiera ideado el calendario que rige el mundo. O si Italia se puede sentir muy apenada por haber dominado y administrado un gran imperio, aunque haya tenido mucha menor extensión que la que poseyó en su día el Imperio Español. 
 
Y es por eso que a veces uno también se pone a pensar sobre este complejo de niño bobo que lo tiene todo y no sabe de nada y se pregunta: ¿Debemos flagelarnos en España por tener tantos premios Nobel? ¿Tenemos que pedir perdón a la humanidad porque haya en nuestra historia tanta variedad de inventores? ¿Vamos a maldecir a nuestro país por encontrarnos entre los que tienen más esperanza de vida? ¿O nos vamos a odiar simplemente por estar entre los más solidarios del mundo? ¿O por permanecer en la lista de los territorios más visitados del planeta? 
 
Pues toda esta retahíla de autoculpabilidad no es que sea deplorable. Es peor. Por eso, el doce de octubre, fecha clave en la cultura mundial en la que se conmemora la Hispanidad, y también la onomástica de La Virgen del Pilar, no hay que sentirse mal por ver ondear una bandera roja y gualda. Ni por ver desfilar al ejército español o a la Guardia Civil. Ni tampoco debemos incomodarnos tanto por leer en Twitter la ultima estupidez que se le pase por la cabeza a esa ministrilla que igual da quien sea. No nos acomplejemos por ello: no será la única incompetente que tenga una cartera ministerial en el mundo.
 
Pero, sobre todo, por lo que jamás deberíamos sentirnos mal los españoles es por el mero hecho de serlo. Por amar a nuestra tierra y ver ondear nuestra bandera. O por ver a un compatriota baturro alzar la voz, con dos cojones, y sin complejos decir al mundo que Aragón “es la más famosa de toda España y sus regiones. Porque aquí se halló la Virgen y aquí se canta la jota”. Pero, maño, la canción entónala bien alto. Sobre todo para que se vayan quedando con la copla todos los maricomplejines. Y te escuche La Pilarica.
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