No está nada mal que las nuevas generaciones sepan construir un robot que vuele solo, pero si se alejan del concepto del que parte esa creación es imposible que entiendan lo que verdaderamente están ingeniando en un aula. Es más, nunca sabrán si su portentosa innovación va a traer más bondad a su mundo o, por el contrario, va a provocar más destrucción.
Desgraciadamente en la guerra del postureo de Internet que mantienen los centros educativos, se piensa más en la victoria que les ha dado su última foto chic en Facebook que en el proceso natural de aprendizaje del alumno. Así que las redes sociales están inundadas de alardes tecnológicos infames de colegios que piensan más en promocionarse que en formar correctamente a sus alumnos.
Estos centros educativos, muchos de ellos de renombre, bombardean en la Red todos sus avances robóticos, y se olvidan por completo de analizar con sus alumnos muchos conceptos relevantes que deberían aprender antes de ponerse manos a la obra. Es decir, que lo que están intentando hacer es algo así como si un médico supiera manejar muy bien un bisturí láser, pero ignorara previamente el funcionamiento del corazón que tiene que sanar.
Siguiendo esta misma analogía de la contraposición, es muy normal ahora que un profesor universitario pueda encontrarse en un aula a un estudiante que sepa programar perfectamente un sitio web, editar correctamente un archivo audiovisual y manejar de manera impecable programas avanzados de análisis de datos y métricas de las redes sociales. Pero luego, por desgracia para el docente, su discente no sabe quién es el Jefe del Estado español, o el presidente del Gobierno o el alcalde de su pueblo. Dicho con otras palabras: no saben elaborar información con un mínimo de calidad, pero sí que tienen los conocimientos necesarios para generar repercusión sobre cualquier contenido bomba que pretendan subir a la Red. Pero el medio, por mucho que se empeñen algunos, no es el mensaje, sino el lugar donde se difunde y se gestiona la comunicación. Por eso es muy importante saber qué se va a publicar, para luego hacer llegar el contenido de manera óptima a la audiencia.
Por eso te encuentras publicaciones, mensajes, que generan tanto impacto como esos vídeos de TikTok en los que aparece la muchachada imitando a personajes públicos que son totalmente desconocidos para ellos. O archivos audiovisuales editados en los que se gastan bromas de mal gusto. O, peor, publicaciones virales en las que aparecen pimpollos en un estado lamentable para mal de ellos mismos, para el de sus padres e incluso para el de los centros educativos donde se han formado. Aquellos donde se les ha enseñado a fabricar artilugios sin antes pensar para qué pueden servir. Y todo esto en breve va a tener un impacto mucho mayor, porque este Gobierno les va a aprobar todos. Aunque nunca hayan ido a clase para hacer volar su imaginación. O un avión de papel.
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