Porque el que fuera presidente de una autonomía de España, esa que no será un país nunca jamás, viaja más que Phileas Fogg con un Abono Transporte. Y está recorriéndose toda Europa, por el hocico, con total impunidad a cuenta del Estado español como una burda contraprestación. Como un intercambio grosero. Como un favor por favor. Y es que a Puigdemont ya hasta puede parecer que le pagan un sueldo por prestar sus servicios como prófugo secesionista a cambio de que Pedro Sánchez pueda subirse a un helicóptero, pasar un fin de semana en Doñana o irse con sus amigos de concierto a Castellón en un Falcon.
Se suele decir que lo importante no es la meta, sino el camino. Al menos eso han debido de pensar los dos, que viven viajes paralelos. Así que se recorren el mundo y disfrutan del trayecto sin importarles las repercusiones que se puedan dirimir de sus antojos. Pero las consecuencias de sus desfases a ellos les importa muy poco porque se hacen un favor mutuo. Se intercambian pagarés, se subvencionan sus correrías y se costean sus excentricidades con erario público.
Por eso, mientras Pedro Sánchez no para de regar con gasolina y queroseno su parque móvil a costa de todos; su amigo Puigdemont también va, financiado por España, de un lado a otro. De acá para allá. Y lo hace con total impunidad, riéndose del ciudadano de bien. Y ya de paso también de la justicia europea. Porque el expresidente de la autonomía de Cataluña está dejando en evidencia, en pleno siglo veintiuno, todos los vacíos legales y lagunas jurídicas que tiene el continente más antiguo en legislar. Y está constatando también que un corrupto golpista se puede pasear por las calles de toda Europa como Pedro por La Moncloa.
Así que el prófugo Puigdemont un buen día se puede afincar en Waterloo y no pasa nada. Se va a Bruselas y tampoco. O se pierde por Berlín y la justicia alemana se parte de la risa. O más tarde se marcha a hacer una tournée por Londres y Dublín y se gana el aplauso de los independentistas del Brexit. O después le da por colocarse en Amsterdam y a poco le hacen una tarifa plana en el Barrio Rojo. O una buena mañana se levanta con ganas de hacer gresca, de montar camorra, y se pasa por Cerdeña a bailar unas sardanas en el Alguer. Y encima lo proclama como suyo. De los imaginarios países catalanes. Y lo hace así, sin tapujos. Con todo el descaro delante de un juez italiano. Y en plena cara de Mario Draghi.
Pero la culpa no la tiene un loco perezoso que se pasea por Europa con una orden de arresto sin que ningún juez, con dos dedos de frente, le pare en seco y se lo tome en serio. Que también. La verdadera responsabilidad de que camine libre por la vida siendo un zángano delincuente es de quienes lo financian directa o indirectamente. Y de quienes le ríen sus chistes y sus (des)gracias. Y de todos los que le han consentido que pueda vivir del misterioso relato del Neverland de Peter Pan Tumaca. Porque a Puigdemont -como a otros pirados secesionistas- le han debido engañar vilmente siendo muy pequeño. O eso, o de tanto ir y venir se ha pasado de la raya. Y se ha metido un mal viaje.
Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.84