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DAVID LAVILLA
Lunes, 20 de Septiembre de 2021

Miserables genocidas

Entre el etarra Parot y un ciudadano normal hay treinta y nueve asesinatos de por medio. Al preso más sanguinario de ETA ahora le pretenden hacer mártir. Así que el Gobierno de Sánchez algo tiene que hacer antes de que el veneno de esta serpiente vuelva a paralizarnos.

 
Uno puede estar del lado del homicida o de sus víctimas. Es una mera cuestión de saber elegir bien. Puedes apoyar a un genocida como Hitler o tratar de que sus actos no se vuelvan a cometer. Puedes ser un ferviente fanático de un loco asesino como Stalin o intentar que los regímenes totalitarios no regresen nunca más a nuestro tiempo. Puedes perseguir el terrorismo que ha asolado a tu país durante decenios o condescender con él. Y hacerte de miel.
 
Pero en lo que respecta al crimen organizado no hay medias tintas. O vas con el que mata o estás contra él. Es cierto que es muy humano apiadarse de un alma mal avenida, pero si el asesino chovinista no se arrepiente, ¿para qué?
 
¿No resulta una pérdida de tiempo hablar con alguien que no desea conversar para bien? ¿Se podría dialogar con una persona que no reconoce su infamia? ¿Por qué un español debe soportar el castigo de ver cómo se le baila el agua al asesino de treinta y nueve compatriotas inocentes en las calles de su país? ¿Si un criminal no muestra compasión por sus víctimas -o por sus familiares- la debo tener yo con él?
 
Un asesino como Parot es un criminal hasta que cumpla su condena. O al menos hasta que él mismo se haga cargo de sus actos infames. De sus atentados. De sus asesinatos. De sus homicidios. Y pida perdón por todo lo que ha hecho. Pero Parot no es de esos. No. Y tampoco se le ve muy preocupado por su barbarie. Por eso hay que intentar que pague por todo el vandalismo cometido mientras viva. Al menos, de esa forma, probablemente se lo pensarán dos veces todos sus estúpidos acólitos. 
 
Vivimos tiempos envenenados. Intoxicados. Y hay que tomar decisiones contundentes. Férreas. Porque esto se nos está empezando a ir de las manos. Cualquier día a Parot le harán una gran fiesta mundana al salir de la cárcel. Más tarde le erigirán una estatua. Después le enterrarán en olor de multitudes como si fuera un gran gobernador. Y le edificarán un mausoleo gigante en forma de serpiente con un hacha. Y unos cuantos años más tarde, cuando se examine a posteriori el daño que realmente ha hecho esa víbora, se le querrá sacar de su apestado sepulcro en uno de los helicópteros de Sánchez. Surcando el cielo. Rumbo al infierno. Junto a todos sus amigos etarras asesinos. Miserables genocidas.
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