Bueno, el suspendido será evaluado por una especie de comité sin especificar, donde no se tratará de corroborar que se merece el suspenso en la asignatura, sino otras variantes más progresistas como su actitud, su comportamiento, su solidaridad y apreciaciones que entran dentro de la subjetividad de los evaluadores.
Es de esperar que este bachillerato progresista se proyecte sobre otras actividades, pongamos el deporte y, con el noble objetivo de no causar trastornos emocionales, el atleta que ha llegado el último en la carrera sea clasificado y pase a la siguiente fase, así hasta la fase olímpica donde -¡quién sabe!- a lo peor la medalla de oro se la lleva el que ha quedado quinto, merced a las evaluaciones posteriores sobre su actitud, comportamiento... etcétera.
Y, en la vida empresarial, ya es hora de que el vendedor más efectivo y notable no sea el mejor candidato para ser nombrado delegado de ventas, sino que podamos promocionar al que menos vende, porque de esta manera evitaremos que se frustren los más ineptos. Es probable que se cabreen los que han demostrado poseer más destreza y valía, pero eso será hasta que los electores nos percatemos de que la vida, según el Sistema Celáa, es mucho más agradable, y los becarios no tendrán por qué vivir bajo el estrés de sacar buenas notas, y bastará con un aprobado o -¿por qué no?- con algún suspenso, no vayamos a discriminarlos.
Es cierto que el título de bachiller equivaldrá a tener el carnet de socio del equipo del barrio o del gimnasio municipal, y que eso perjudicará a los hijos de las familias más modestas, pero el progresismo va a ser tan deslumbrante que no lo vamos a detener porque perjudique a los hijos de los más pobres.
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