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DAVID LAVILLA
Lunes, 16 de Noviembre de 2020

La España Cantora y el pobre Paquirrín

El día menos pensado despertaremos de este mal sueño, pero ya no habrá nada que hacer. Este jaleo es muy perverso. Tanto o más de lo que un españolito se pueda creer. Es una hipoteca tras otra lo que estamos pagando. El día menos pensado tendremos que hacer las maletas. E irnos de esta España Cantora, como el pobre Paquirrín.


Porque este Gobierno es como la casa de La Pantoja. Primero te dicen que ahí no hay nada y luego, de repente, aparecen cosas. Y es que a los españoles nos ha pasado un poco lo que al hijo pequeño de Paquirri, que lleva muchos años viviendo en su casa y no sabe lo que hay.
 
Mucho tiempo llevamos como Kiko Rivera viviendo en la ignorancia. Intentando creer en la bondad de una madre protectora. Pero no. Cuando nos ha venido a visitar el bicho, y hemos tenido que ventilar, nos hemos dado cuenta de que los traidores llevaban muchos años, como ese huésped maldito, instalados entre nosotros escondiéndonos secretos. E hipotecándonos.
 
Está claro que el virus ha ayudado en esos quehaceres políticos. Y aquí en España, y al mundo entero, en general, nos ha quedado claro de que es letal en lo estrictamente sanitario. Pero lo más cruel del virus es que nos está enseñando que nuestros peores enemigos los tenemos dentro. Bueno, eso y que una banda de cuñaos lleva elucubrando, desde hace mucho tiempo, una traición, por desgracia, con varios precedentes históricos. Los españoles somos muy de abrir la casa, lo malo es que luego nos quejamos cuando nos la han okupado. Y es que existe una ley máxima. Una regla de oro: tú dale a un comunista una propiedad, aunque no sea suya, y enseguida te planta al ejército en la puerta para que no se la quiten. Y si no, que se lo digan a Maduro. O al coletas.
 
La historia de esta hipoteca, al igual que la de la finca Cantora, lleva ahogándonos algunos lustros sin saberlo. La propiedad siempre ha sido nuestra, pero los que tenían el poder de decidir sobre nuestro legado quieren enriquecerse. Puede sonar todo esto a Cuarto Milenio, muy distópico, pero no. La secuencia de los hechos habla por sí misma. Lo van a ver. 
 
En plena crisis un movimiento popular espontáneo de miles de personas toma la Puerta de Sol. Mientras sitian la plaza, como tantas otras veces sucediera en la historia de este país, un Gobierno atado de manos tenía la desagradable y difícil misión de sacar de la crisis económica a todo un país encrespado y dividido. Los ricos eran cada vez más ricos. Y los demás, cada día que pasaba, estábamos un poquito más desahuciados.
 
A raíz de todo este maremagnum comenzaron a surgir nuevos partidos políticos que vivieron, y siguen viviendo, del descontento general de los jóvenes hacia un sistema que nos había sacado previamente de la miseria pero que, curiosamente, ya no sirve para los aprovechados. Como resultado de todo este entramado, de toda esta manipulación, la muchachada se empezó a cuestionar el orden previo establecido. Que si Suárez, que si González, que si Aznar... 
 
Después de un tiempo de apreturas económicas, llegó una aparente recuperación y, entre tanto apareció, como por arte de magia, un nuevo títere político capaz de traicionar el ideario de su propio partido. Y que no ha tenido escrúpulos a la hora de pactar con los asesinos de algunos de sus propios afiliados. 
 
Contraviniendo la ética, la estética y su propio juramento, se ha confinado en La Moncloa con un chavista, y ha aceptado un golpe de estado de manual que le ha servido para abrir el camino hacia la ruptura definitiva del constitucionalismo, hasta ahora vigente, con el objetivo aparente de tratar de instaurar una república aceitunera. Y con esta intención ha pactado unos nuevos presupuestos, junto a sus compadres, para parcelar en fincas nuestra España -y sus regiones- como si fuera Cantora. 
 
Pero tiene toda la pinta de que la hoja de ruta ya estaba trazada. Podemos llamarla, si quieren, Plan E. Solo faltaba una excusa. Un pequeño empujón. Pero, de pronto, salió de un cajón, o de un tubo de ensayo, o vaya usted a saber, ese bicho que todo lo ha acelerado. Y se ha creado con él la excusa ideal para decretar ese Estado de Alarma que necesitaban esos vendedores para vender. 
 
Y así, poco a poco, el miedo ya se ha instalado. Y así, nos controlan mucho mejor. Y así, como creemos que nuestra propia madre no nos puede traicionar, hemos dejado que ella y sus camaradas, su banda de cuñaos, hayan comenzado a poner en marcha una máquina de legislar decretos para que perdamos irreversiblemente muchos de nuestros derechos y libertades. Pero todo este cuento solo es la penúltima fase de ese Plan E. La siguiente es llegar definitivamente a vender nuestra España -y sus regiones- por parcelas. Como se ha hecho con la finca Cantora. Ahora entiendo a los Rivera. Y al pobre Paquirrín.
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