La Monarquía como poder moderador
“Puesto que la esencia del poder radica en el abuso, la ambición y el egoísmo de los hombres, también el poder democrático debe ser contemplado, como cualquier otro tipo de poder, con recelo y con temor”. Pedro de Vega: “El Poder Moderador”.
El Prof. Pedro de Vega, fue grande como catedrático, demócrata y persona. Era un hombre admirado y querido a la vez en la Facultad de Derecho Complutense. Fascinado por Benjamin Constant, igual que mi Maestro Luis Díez del Corral, en “El Liberalismo Doctrinario”. Constant inspiró la Constitución Francesa de 1830 y las Españolas de 1845, 1876 y, pienso yo, la de 1978, impregnadas por la moderación de su “doctrinarismo” que tanta falta nos hace.
Agradezco a Pedro Sánchez que haya sabido separar la Monarquía Constitucional como Institución, de la persona del Rey Juan Carlos I, a quien expreso todo mi reconocimiento y afecto, pues su servicio a España ha estado muy por encima de algunos humanos vicios a los que no fue inmune, los cuales no son predicables de un Rey ejemplar en su vida personal, como es Felipe VI. Todo lo que hoy se plantea sobre el sentido y la función de la Monarquía en un régimen Democrático, fue ya deliberado y resuelto por Constant, un hombre de la postrevolución Francesa, que influyó decisivamente en la Revolución de 1830. Entrambas se reinstauró la parodia de Monarquía Absoluta de Luis XVIII. Digo parodia, porque como Constant soy consciente de que después de la Revolución Francesa, el principio Democrático se tornó poco menos que indiscutible; pero el Principio Monárquico permaneció, trenzado con el Democrático, en el seno de la Monarquía Constitucional. Como dice Pedro de Vega, “más allá de la tensión entre Monarquía y República, que es el tema que en definitiva subyacía en la discusión entre el principio monárquico y el principio democrático, y que para Constant no pasaba de representar una cuestión política menor, aparece la inevitable dialéctica entre el poder y la libertad, que es lo que en última instancia se trataba de dilucidar”. El tema de fondo -salvo para los megalómanos- no es Monarquía o República y en suma quien detenta el poder; sino la libertad, que sólo preservaremos controlando el poder, también el poder democrático.
Para resolver la aporía, Constant seguiría por una parte a Montesquieu y su división de poderes, característica además de la Constitución Británica post 1688, y por otra el modelo del papel constitucional de la Monarquía Británica. El problema de la división de poderes es evitar que cualquiera de ellos predomine sobre los demás, porque aniquilaría la libertad. El poder -monárquico o republicano- preocupa a los políticos, mientras que la libertad es lo que interesa a los ciudadanos. Para evitar la lapidación de la división de poderes no basta la moderna invención del Tribunal Constitucional; un poder más, que en ocasiones ha entrado en conflicto con el Tribunal Supremo y en otras se ha visto limitado (p.e. recurso previo de inconstitucionalidad) por el tándem ejecutivo-legislativo. Lo que se requiere es un “poder moderador”, para el que sobra incluso la palabra “poder”, pues está desprovisto de potestades. Es el “Rey que reina pero no gobierna”, una institución que no se basa en la “potestas”, sino en la “auctoritas”, que preserva la división de poderes y simboliza la unidad y permanencia del Estado, en pro de la paz y libertad ciudadanas. Al no ser un poder efectivo, tampoco puede estar sujeto a responsabilidad y goza de una inviolabilidad, que subsiste hasta su muerte.
Se lo recuerdo a Pedro Sánchez, porque un Presidente de Gobierno no debe olvidar el art. 56 CE sobre el que escribí hace dos años sendos artículos en MadridPress, que están de plena actualidad: “La Inviolabilidad del Rey Emérito” (I) y (II). En cualquier caso, la “auctoritas” de un Rey está indisolublemente ligada a su virtud y ejemplaridad. De ahí el final de D. Juan Carlos I, a quien sólo la Historia ha de juzgar, con sus activos y sus pasivos, y el buen principio de Felipe VI, que nunca debe dejar de hacer gala de estos dos emblemas y recordar en sus discursos, por más cosas que le susurren al oído, que “el Rey reina, pero no gobierna”.
Emilio Suñé Llinás es Catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid.
El Prof. Pedro de Vega, fue grande como catedrático, demócrata y persona. Era un hombre admirado y querido a la vez en la Facultad de Derecho Complutense. Fascinado por Benjamin Constant, igual que mi Maestro Luis Díez del Corral, en “El Liberalismo Doctrinario”. Constant inspiró la Constitución Francesa de 1830 y las Españolas de 1845, 1876 y, pienso yo, la de 1978, impregnadas por la moderación de su “doctrinarismo” que tanta falta nos hace.




















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