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Viernes, 07 de Agosto de 2020

La causa de las cosas y la felicidad

Exclamaba el poeta Virgilio: “¡Feliz aquel que puede conocer la causa de las cosas!”. Pero, me pregunto, ¿otorga la felicidad saber por qué ocurre todo?

Cuando algo no se puede saber por qué sucede, ¿nos lleva eso a la infelicidad?
 
Acabo de terminar de visionar la serie El alienista (2018), basada en la excelente novela homónima policiaca de Caleb Carr. Al asesino de niños no se le ve el rostro hasta el último episodio. Ha recibido un tiro en la espalda de un exoficial, y agoniza en el suelo. El investigador protagonista, psiquiatra de profesión, se acerca a él y le pregunta: ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué asesinaste a esos niños? Pero no obtiene ninguna respuesta del enajenado criminal, quien se lleva el secreto a la tumba. Un gesto de frustración asoma en el investigador; se queda sin saber la razón exacta de los crímenes. Ni aun seccionando el cerebro del desquiciado sujeto consigue llegar a un asomo de explicación. El cerebro parece enteramente normal.
 
Para el joven doctor Kreizler, es un motivo de desdicha no descubrir la causa que lleva al acto atroz de amputar los miembros y los ojos de un niño. Como profesional de la entonces naciente medicina psicoanalítica (la acción tiene lugar en el Nueva York de 1896), constituiría un gran avance lograr entender la relación causa-efecto en una mente trastornada. Si hoy persisten grandes interrogantes sobre las implicaciones de la alteración del cerebro en la conducta, en aquel momento todavía más. Tendencia natural del científico es intentar averiguar las leyes que rigen la Naturaleza, e incluso las reglas que operan sobre el Cosmos y sobre toda la materia.
 
Los tomistas medievales intentaban explicarse la naturaleza de Dios, como primer motor y como origen de todo lo creado. Pero se veía que Dios era inconmensurable e incomprensible, para la razón humana, y únicamente la fe podía aproximar al alma humana al ser de Dios. Dios, el solo Creador, “el Ser mismo subsistente”. Solo Dios podría dar una explicación de su propia existencia, de su misma “razón de ser”. A Dios le atisbamos a través de sus dichos y de sus hechos (tal y como la Biblia nos los interpreta y transcribe), pero su naturaleza nos es desconocida. Tal vez intentamos definirlo por medio de sus atributos: misericorde, de un amor infinito, piadoso, magnánimo. Esta es la visión de Él que nos legó Jesucristo: una figura paternalista, solidaria con las desdichas del género humano, y no el Hacedor de las batallas, el Dios celoso y exigente del Antiguo Testamento, a menudo cruel. El existencialismo del siglo XX redujo la pregunta sobre el Ser supremo a un absurdo: Dios es una entelequia humana, Dios no existe (“Dios ha muerto”), o bien tan solo es un ente más, pero no el Ser absoluto. El existencialismo ha concretado todo el ateísmo de nuestros días, y que cada vez menos personas sientan la necesidad de buscar a Dios ni en la realidad del mundo, ni tampoco en su interior. Por eso, para mucha gente de hoy, Dios no es la causa de nada. No hay por qué hacerse preguntas sobre Dios. Dios no hace falta.
 
¿Seríamos más felices los creyentes si supiéramos quién es Dios? Creemos gracias a nuestra fe, y ésta es, de por sí, suficiente. ¿Haría más feliz a un niño pequeño saber quiénes son los Reyes Magos? 
 
Sin embargo, conocer la causa de infinidad de procesos sí que ha traído mucha felicidad al género humano: el origen y cura de muchas enfermedades, por ejemplo. Seríamos todos muy dichosos si se descubriera el remedio definitivo contra el cáncer, o contra el sida, la esclerosis y el alzhéimer, o contra todo coronavirus que nos amenace ahora o en el futuro. Estaríamos pletóricos si ya en la actualidad se pudiera colonizar otros planetas similares al nuestro, que sirvieran de alternativa a la superpoblación, la escasez de recursos y la degradación de los ecosistemas.
 
En los procesos de enamoramiento y de desamor no es tan fácil –ni tan gratificante ni necesario—conocer las causas que nos inducen a ello. Nos podemos preguntar por qué nos gusta una persona, qué nos lleva a amarla, y seguramente nos saldrán una serie de buenas razones. Pero no suele resultar tan sencillo, ni tan agradable ni estimulante, averiguar los motivos de nuestro desamor. Y mucho más difícil --y complejo todavía--, conocer por qué alguien que nos quería deja de repente de querernos. A veces, un torbellino de preguntas relacionadas con un amor que se acaba, o que nos deja, martillea nuestro cerebro y nuestro corazón. Sobre todo, si no ha existido un diálogo esclarecedor a propósito de eso. Si todo ha venido abruptamente, y a una de las partes se le impone la decisión sobrevenida de la otra. 
 
Es inútil tratar de “interpretar” al otro cuando no se le tiene delante, y no es él mismo (o ella) quien responde. Son conjeturas inútiles que nos hacemos, y que podemos extender hasta el infinito; hasta volvernos locos. El otro no somos nosotros. Cada persona es distinta, y diferentes sus modos de pensar y de actuar. Además, quizá “culpabilizamos” a la otra persona, como si nuestra entidad e idiosincrasia no hubiera tenido nada que ver en ese desamor. La psicóloga Patricia Córdoba escribe que a veces la causa de una ruptura se busca cual piedra filosofal, como si esta averiguación consiguiera revertir el proceso. En realidad no existe “la causa”, ya que al no estar dentro de la otra persona no se cuenta con todos los datos. Posiblemente, hay una serie de motivos, muy variados, y cuyo alcance no suele ser nunca cerrado: emociones mal gestionadas, incompatibilidad de caracteres, falta de trato y de comunicación, divergencia de valores, diferencia de intereses y de actividades, alteración en los sentimientos, pérdida de la atracción física, hastío, intolerancia, egoísmo, etc.
 
Esto nos lleva a la conclusión de que preguntarnos por la causa de los acontecimientos no siempre nos proporciona la felicidad. ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Nos importa más uno que la otra? ¿Y el gallo, dónde se queda entonces? ¿No tuvo, también, su relevancia?
 
Recuerdo el chiste de Abbott y Costello sobre el béisbol:
“--Quien juega en la primera base. 
--No lo sé. ¿Quién juega? 
--No, que te digo que Quien juega en la primera base.
--Que te digo que no lo sé quién juega en la primera base.
--Y yo te digo que Quien juega.”
Y así podría seguirse en una correa sin fin, sin caer en la cuenta de que un jugador, de nombre Quien, es el que juega en esa posición del campo. La verdad está tan cerca que es un misterio. Tan cerca como la tuvo Pilato ante sí. Tal vez la que contenía la respuesta para muchas preguntas. 
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