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FRANCISCO MURO
Jueves, 09 de Abril de 2020

La Pasión de este tiempo de dolor

"Cómo voy a creer.../ que la muerte es el silencio/ aunque lo sea", escribió hace muchos años Benedetti, aunque lo podía volver a escribir hoy. Para muchos, estos terribles días, la muerte ha sido el silencio. El terrible silencio de morirse a solas, sin compañía, que es un dolor mucho más profundo que el inmenso dolor de ver morir a quien se ama.

Para los que no han podido acompañar a sus seres más queridos en esa situación, a veces ni siquiera cuando han sido sepultados, el dolor no tiene límites. Ni un beso, ni una mano cogida, ni esa mirada que lo dice todo. Un duelo sin duelo o un duelo a solas. Solo lágrimas y desesperanza. "Quién me iba a decir que el destino era esto", vuelvo a tomar palabras de Benedetti.
 
Por eso, y por mucho más, "hay que agarrarse al crucifijo y al Evangelio", como dice el Papa Francisco. Para los que creemos que la muerte no es el silencio sino el camino hacia la vida plena, esta Semana Santa, tan distinta, sin procesiones, con las iglesias vacías, en soledad, es una oportunidad de reflexionar de verdad sobre lo que somos, sobre lo que debemos/queremos ser y sobre lo que estamos dejando a los que vengan. No puede ser un paréntesis, sino la oportunidad de cambiar y construir el mundo nuevo que predicó el hombre de Nazareth. El Papa ha dicho muchas veces que Jesús quiere que toquemos la miseria humana, la carne doliente de los demás, de los que menos tienen, de los que, hasta en la tragedia, sufren más, pierden más. Cuando esto pase, que pasará, aumentará la desigualdad entre los que lo tienen todo y los que no tienen nada, ni esperanza.
 
La Pasión de esta Semana Santa de dolor, trágica, el recuerdo de la crucifixión de Jesús, el abrazo de Dios a los hombres para el perdón definitivo y el mensaje de que lo importante no es servirse de los otros sino servir a los demás, sobre todo a los más vulnerables, la están viviendo dolorosamente muchos. Los que mueren solos; los que no pueden abrazar a sus mayores o despedirse de ellos; los que padecen una inmensa soledad en sus casas; los refugiados que ni siquiera pueden tramitar su derecho al asilo; las mujeres que no pueden huir de la violencia que les acecha en sus propios hogares; los sin techo; los que ni siquiera pueden pedir en las calles; los que no tenían trabajo, ya no lo tienen o no lo tendrán al terminar esta crisis; los que han cambiado dormir entre cartones en la calle por un techo en pabellones acondicionados para esta situación, pero que, en cuanto pase, volverán a ser excluidos... Los preferidos de Dios, los olvidados por los hombres.
 
Pasando la noche del dolor en el abrazo del Padre están también, más intensamente que nunca, todos los que, sin descanso y sin medidas suficientes de protección, tratan de parar esta enfermedad, de consolar al que sufre, de dar una mano al que se va; los que se contagian por tratar de sanar a los infectados; los que llevan alimentos y medicinas al que lo necesita; los que nos atienden en supermercados y tiendas de alimentos; los que producen alimentos para los que los necesitamos; los que los transportan; los policías, militares y guardias civiles que cuidan nuestra seguridad y ayudan donde hace falta; las personas que atienden a nuestros mayores en residencias con grave riesgo de sus vidas; los que trabajan para que nosotros podamos seguir confinados pero sanos en nuestras casas; los sacerdotes que dan el "último adiós a las víctimas y consuelan a los desconsolados. En esta Semana Santa tan diferente, el testamento del Dios- hombre crucificado es, sigue siendo, simplemente, el Amor al otro, al que sufre, al que está solo, al que lo necesita. Y por eso, la espera y la esperanza en algo más. "Alzar la vista al crucifijo y abrazar el Evangelio". Sobre todo, en medio del dolor.
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