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Martes, 2 de enero de 2018

Las Cabrillas

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Las Cabrillas, altas y cerca de la luna llena, me despidieron el año. Apenas si distingo, y alcanzo a señalar, una docena de estrellas, pero esas tres de Orión, alineadas perfectamente, la cintura del Gran Cazador celeste, enamorado, para su desdicha claro, de la Diosa Diana, me las "sé" desde niño y desde entonces las busco siempre en lo alto. Anoche allí estaban y me reconfortó el saludarlas.

La escarcha fue la efímera señora del amanecer del Año Nuevo. Como si quisiera que no echáramos de menos a la nieve, blanqueó las tierras, labrantíos, barbechos y montes pero no se subió a los árboles para que brillara mejor el verde claro de los enebros y los pinos y el más oscuro de las sabinas y las encinas. El sol, en un cielo limpio y transparente, fue deshaciendo el ensalmo y desbarató también los suaves velos de niebla que se resistían por las faldas de la sierra de Altomira, mi horizonte estos días, que hasta ayer vieron correr nublos y espesas brumas. Hoy sus humildes cimas y la cuerda entera de la divisoria se perfilan diáfanas.

 

El suelo está húmedo aunque no hayan caído, y esta vez muy exactamente contadas, ni cuatro gotas. Aguanta y atesora el agua anterior y para las siembras aún vale aunque para los veneros, calzarizos y ríos el aporte se haya quedado en una lágrima escasa. Las huellas de las piaras de jabalí se marcan chivatas en los sembrados donde ha comenzado a verdear el cereal recién nacido. En algún corro han hozado para comerse los granos enterrados y desbaratado el cultivo y la temprana esperanza del labrador en una mies buena.

 

Asoma el día, y este, en la obsesión humana de contar y medir las cosas y enjaular al tiempo, lo tenemos señalado como primero de algo. Y nos entregamos a los propósitos, los unos de haceres y los otros de enmienda. Y hasta puede que, nunca se sabe, cumplamos con alguno aunque la experiencia enseña que con la mayoría pasará lo que con el trigo ese de Entreportillos, que antes de nacer lo levanten los cochinos, que no llueva esta primavera cuando deba, que luego lo castigue un tormentón violento y lo rematen un sofocón ardiente en junio y una nube de pedrisco. Así que mejor no poner el listón por las nubes ni tampoco condenar al destierro a nuestros vicios, que al fin y al cabo, si no fuera por ellos nos aburriríamos mucho, aunque muy angelicalmente, claro.

 

La retahíla de promesas es mejor dejársela a los señores que tienen su profesión en hacerlas y sus garbanzos en convencernos de que lo que les engorda a ellos es en lo que debemos entusiasmarnos nosotros. Pero para tragarse eso es necesario tener mas que fe y preciso estar, y los hay a millones, literalmente abducido. A uno, con los años, se le ha ido quitando el afan por creerlos hasta llegar al agnosticismo más completo. Es mucho más sensato y gratificante creer en los Reyes Magos. Y en las Cabrillas, si al año que viene aún estamos aquí para verlas.

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