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Martes, 26 de diciembre de 2017

Lo que no quiere escribir nadie

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No se dice, no se escribe y menos que nadie un político va a osar siquiera señalarlo. Pero si hay una razón, aunque en sí misma sea sinrazón pura, en lo sucedido en las elecciones catalanas es esta.

La estampida de empresas, la absoluta soledad internacional, el nulo reconocimiento a una República quimérica proclamada en modo pacotilla, el portazo europeo, el propio reconocimiento de su imposibilidad e irrealidad por sus principales impulsores y la esperpéntica fuga de su presidente Puigdemont tras la aplicación del 155, ante el que no rechistó ni se sublevó nadie, y la inmediata convocatoria de elecciones había desarbolado la nave separatista, sin rumbo ni discurso. La prisión de los Jordis se neutralizaba con los coches de la Guardia Civil destrozados. La depresión secesionista era patente.

 

Entonces, justo entonces es cuando la Justicia, con total independencia, con la Ley y solo la Ley y la Constitución en la mano, actuó. Lo hizo como debe, como se la representa ante las conveniencias y la calidad de los encausados, con lo ojos vendados, inflexible y recta. La Audiencia Nacional, la juez Lamela, envió a Junqueras y los consejeros no huídos a Bruselas a la cárcel. Y entonces el separatismo ya tuvo su victimario, su argumento, su cimiento y su cohesión total y única.

 

Esa, únicamente esa y absolutamente esa, ha sido su campaña. La única. Simple, eficaz, definitiva y de una facilidad tan brutal como decisiva. De repente Puigdemont tenía la coartada perfecta de su ridícula fuga: la prisión de los otros. De bufón pasaba a listo y de títere a símbolo. Tanto así que le ha comido la merienda ante el estupor de propios y ajenos a quien parecía tener todas la papeletas para encarnar el victimario y que a la postre resultaba ser el único preso y el pagano político, el vencido dentro de quienes hoy se sienten vencedores.

 

La decisión de la justicia necesitaba explicación, la proclama victimista ninguna. La falsedad de los "presos políticos" y de un "gobierno carcelero", era la peor de las mentiras pero la más fácil de hacer pasar por verdad verdadera. En realidad a quien dinamitaba, y a las pruebas me remito, era a la estrategia del Gobierno y de Rajoy. Los disparates y las ruinas de los separatistas, la hecatombe que había provocado, la catástrofe mayor aún que puede provocar mañana, quedaban sumergidos reducidos a la nada ante la de nuevo movilizada parroquia que no tenía oídos, ni ojos ni sentido alguno que no fueran para el amarillo.

 

¿Quiere decir lo expuesto que la Justicia no debía haber actuado?. NO. Con mayúsculas. Con claridad y convicción: NO. Debía y debe seguir haciéndolo. El no haberlo hecho sí que sería el colmo de la infamia. Pero no señalar las perversas consecuencias que la manipulación de sus actos, la torticera utilización para la agitación política que ha supuesto, sería también faltar a otro principio, este periodístico, de la verdad. Aunque sea lo más políticamente incorrecto, aunque tampoco, como en el caso de la aplicación de la justicia sea "conveniente" el airearlo. Pero en ocasiones, en tantas, lo peor y más miserable de la política es quién obtiene el rédito y la Justicia tiene crueles efectos colaterales añadidos.

 

Ahora, por encima de todo, la Justicia, habrá de seguir actuando. Ahora más que ayer, más que nunca en este cada vez más cenagoso y demoledor pantanal en que estamos metidos y por encima de cualquier componenda habrá de seguir siéndolo. Está obligada, como lo estuvo entonces a hacerlo. Caiga quien caiga y en esta ocasión de nuevo con efectos colaterales que provocan vértigo.

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