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Sábado, 16 de diciembre de 2017

Un bloque agotado

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Se acerca la jornada electoral más relevante que han vivido Cataluña y España en los últimos años y, con ella, la posibilidad de encontrar imágenes diferentes en el espejo que representa cualquier convocatoria en las urnas.

Si en las elecciones autonómicas anteriores Cataluña vivió la decadencia de CiU, asolada por los escándalos de corrupción, y su radicalización independentista en su alianza con ERC (en Junts pel Sí) y con la CUP, los sondeos están ofreciendo hoy pistas relevantes de un escenario novedoso que permitiría superar la peor crisis institucional de la democracia española.

 

El frente independentista no solo afronta dividido el 21-D, sino que además parece haber tocado techo en sus expectativas, lo que ya es en sí mismo un severo castigo a los desafíos librados contra la mitad de los catalanes y contra el Estado.

 

El agotamiento puede haber llegado a su estructura probablemente mucho antes de lo imaginado. La lista Junts per Catalunya no ha logrado arrebatar el primer puesto en los sondeos a ERC a pesar de su esfuerzo por exhibir por plasma a Puigdemont como un mártir del 155. Él no reconoce su cese y sigue esbozando la increíble teoría de que los votos le librarán de la cárcel, a pesar de su mediocre posición (14,3%) en los sondeos. ERC, con su máximo dirigente en la cárcel y la segunda, Marta Rovira, muy debilitada por su inconsistencia en campaña, ha perdido posiciones con respecto a las primeras estimaciones y alberga unas expectativas del 23,1%, según el sondeo de Metroscopia. Ambos pierden con respecto a 2015, y la CUP también.

 

El techo que aspiraban a romper al forzar la carrera hacia la independencia no solo no ha crecido, sino que parece estrecharse sobre estas tres formaciones que —en principio— no se bastarían para gobernar solas después del jueves. El mito de su progresión y su imbatibilidad puede quedar roto el 21-D, pero eso no será suficiente para lograr una gobernabilidad idónea que frene la caída económica y recupere la armonía social en Cataluña. Al otro lado de ese espejo, el bloque constitucionalista ofrece síntomas interesantes de crecimiento, un notable ascenso de Inés Arrimadas seguida de Miquel Iceta, y una expectativa de movilización muy saludable para la democracia, pero sin signos aún de superar las debilidades que arrastra.

 

La democracia exige, además de capacidad de diálogo, la posibilidad de la alternancia. Si algo positivo ha traído la crisis independentista ha sido la visibilización de los ciudadanos contrarios a la deriva unilateral y, en consecuencia, partidarios de un cambio completo de rumbo que restaure tanto la ley como la convivencia.

 

Es esencial que esa voz antes callada o ignorada se traslade ahora a una gran participación que ofrezca la foto fija verdadera de Cataluña. Y que los elegidos no se hagan daño con vetos cruzados que solo pueden perjudicarles. El espejo electoral debería ser capaz de devolver una imagen de gobernabilidad, de lealtad y de unidad en torno a la recuperación de la normalidad económica, social e institucional.

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