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Martes, 14 de noviembre de 2017

De Chiquito a Puigdemont

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No es necesario abonarse al discurso maniqueo y pueril de Oriol Junqueras, que define la cuestión catalana como una lucha entre el bien y el mal, para establecer como sideral, como infinita casi, la distancia entre el gran Chiquito de la Calzada y el pequeño Carles Puigdemont. Al contrario que el bien y el mal, que suelen ir juntos, machihembrados, en todo y en todos, estas dos criaturas, la una tristemente fallecida hace unos días y la otra haciendo el gilipollas en Bruselas, representan dos polos radicalmente opuestos y remotos entre sí.

A Gregorio Sánchez Fernández, el gran Chiquito de la Calzada, le quería todo el mundo porque su humildad desmontaba las reservas, las envidias, el rechazo, la desconfianza, que suelen suscitar las personas buenas, aunque en su caso más que buena era, como se decía antes, una bellísima persona. Al lado de esa humildad tan limpia y verdadera, su genio innato, su gracia "que no se podía aguantá", su capacidad creadora y recreadora del lenguaje, eran casi prendas accesorias por emerger de la humildad precisamente. El gran Chiquito, con un mendrugo de pan y un poco de queso en el zurrón de la vida, logró el tesoro que buscamos todos, que le quisieran, en tanto que el pequeño Puigdemont, con una vida muelle, con todos los recursos del burgués trepa, nunca suscitará ese amor que, al parecer, ni busca.

 

Chiquito hizo reír y socializó a un país algo desestructurado mediante la creación o recreación de un idioma común, el de un humor franco, benigno, sencillo para los sencillos y divertidamente cultista para los refinados. Regaló salud, del cuerpo y del alma, con esos chistes tan malísimos que accionaba de una manera tan genial. Puigdemont, en el otro extremo, hace llorar y ha desocializado a un país con la maldita gracia que tiene, con su sectarismo, con su soberbia y con ese odio al otro que diríase que pugna, por su intensidad, con escapársele del flequillo.

 

Conocí a Chiquito en el desierto de Tabernas, en el rodaje de "Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera", y hasta entonces no había visto a nadie tan feliz. "Me duele el corazón de lo feliz que soy", me dijo. Se alojaba con su inseparable Pepita en una diminuta "roulotte", y no necesitaba más. El sobrante, muchísimo, lo regalaba a los demás. Puigdemont, avaro no se sabe de qué, acaso del violento supremacismo en el que cree, no da ni las gracias.

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