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Lunes, 13 de noviembre de 2017

280 caracteres de mala política

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Nadie duda de que las redes sociales sean una excelente herramienta de comunicación. Facilitan que podamos recibir y emitir información y opinión y se han convertido en un foro de debate con gran capacidad de impacto y de creación de opinión pública. Pero a nadie se le oculta que determinados usos de las redes tienen efectos muy perniciosos sobre la política y sobre la toma de decisiones públicas. La complejidad de las cuestiones sobre las que hemos de decidir no cabe ni en 140 caracteres de Twitter ni en 280. Y una imagen de Instagram puede valer más que mil palabras, pero en nada ayuda si es un montaje.

En las democracias consolidadas, los mecanismos de creación de opinión pública juegan un papel trascendente. Ni los gobernantes ni la ciudadanía pueden tomar decisiones acertadas sin información fiable y fidedigna. Conviene no confundir las opiniones y estados de ánimo de la sociedad en su conjunto con los que se expresan en las redes sociales. Primero, porque la brecha tecnológica deja fuera de ellas a amplias capas de la población y, segundo, porque no todas las personas sienten la necesidad de inteactuar y estar siempre conectadas.

 

Precisamente porque son el instrumento preferido de activistas de todo signo, en las redes sociales predominan puntos de vista extremos, muchas veces expresados de forma simple y radical. La propia mecánica de su funcionamiento favorece además el gregarismo ideológico. La elección de los amigos o las cuentas a seguir acota el campo de relación, lo que puede llevar a la ilusión de que una posición es muy compartida, cuando solo lo es en el pequeño segmento que se ha elegido. Contrariamente a lo que sería deseable, el debate político en las redes no facilita el diálogo ni un intercambio constructivo de pareceres. Lamentablemente lo que más intercambian los sectores antagónicos son insultos e improperios, lo que favorece el sectarismo y la polarización, en una dinámica divisiva que acaba provocando desafección.

 

Especialmente grave es la utilización de las redes para intimidar y alimentar el discurso del odio. Campañas orquestadas desde unas pocas cuentas pueden impactar negativamente sobre quienes han de tomar decisiones políticas. El tuit que envió el diputado Gabriel Rufián, con la frase “155 monedas de plata”, fue el paradigma de la presión que se ejerció sobre Carles Puigdemont para que no convocara elecciones autonómicas y evitar así que se activara el artículo 155 de la Constitución, como era su intención. Sucumbir a esas presiones para dar paso a la declaración unilateral de una república catalana ilegal e imposible fue, como se ha visto, un error catastrófico.

 

Como han advertido muchos expertos, el lenguaje político se ha vuelto en los últimos años más emocional. Se utiliza más para impactar que para facilitar la comprensión de la realidad. Las falsedades difundidas en las elecciones presidenciales que ganó Donald Trump o en la campaña del Brexit muestran los graves daños que pueden llegar a ocasionar. Las injerencias de Rusia en diversas campañas electorales europeas y en el conflicto catalán deben encender todas las alarmas. Las noticias falsas y los bulos interesados que se transmiten por las redes actúan como un carcoma para la democracia. No solo provocan el daño inmediato que persigue el engaño, sino que minan la confianza de la ciudadanía en los mecanismos de representación democrática. Es pues urgente que encontremos mecanismos para defendernos de las intoxicaciones y las campañas de distorsión procedentes de poderes que ocultan sus verdaderos propósitos e intereses. Y todos debemos esforzarnos en un uso más constructivo de las redes sociales.

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