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Sábado, 4 de noviembre de 2017

Montando el Govern a la sombra

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El expresidente Carles Puigdemont se ha fugado a Bruselas con la idea de montar desde allí una especie de gobierno paralelo, lo que viene denominándose como gobierno a la sombra, con el que pretende seguir dirigiendo el destino a ninguna parte de la por ellos declarada "república catalana", fantasía anhelada sin leyes a las que respetar. Y por eso, porque se han saltado todas las leyes democráticas de España y de Cataluña, pese a los continuos avisos, la mitad de su Govern está ahora a la sombra, efectivamente, en prisión a la que puede llegar el expresident una vez se ejecute en Bélgica la orden de detención que pesa sobre él por cinco delitos: rebelión, sedición y malversación, prevaricación y desobediencia.

[Img #65548]Oníricamente, acaso ya fuera de la realidad absoluta, sigue haciendo llamadas a la democracia que él utilizó para acceder al poder de la mano de Artur Mas y que luego, retorció, con leyes decretadas a su medida y saltándose convenientemente todo aquello que no atendía a sus intereses sediciosos. Él y su Govern han dado a sabiendas un golpe de Estado con multitud de herramientas y artificios. 

 

Sólo representó a una porción de catalanes, amplia, bien es cierto, pero es que como todo el mundo sabe a estas alturas, el independentismo no representa al "pueblo catalán", ni al "país", otras de las palabras que usa de manera mediática. Lo que ha hecho bajo su mandato ha sido partir, resquebrajar a Cataluña, ha roto la convivencia en la comunidad autónoma hasta límites inauditos.  

 

El daño hecho empieza a aflorar ahora y salvo que paren en sus afanes secesionistas, la economía seguirá resintiéndose, como ya ha ocurrido, afectando incluso al empleo de miles de catalanes que pueden perder su trabajo o ver mermado su bienestar, precisamente lo contrario del objetivo buscado por el independentismo, pero ellos erre que erre.

 

Además, ha atentado muy duramente contra la ley, al ser cercenada la Constitución Española, el Estatut catalán y ser violados los derechos de la soberanía nacional y más de la mitad de los catalanes que, obviamente, no son separatistas y no quieren ser convertido en extranjeros en su propia tierra, faltaría más. Estamos ante una actitud propia de un personaje afectado por una megalomanía galopante que le hace creerse un moisés dispuesto a llevar a los separatistas a la tierra prometida.

 

Sucede que, de momento, le va a tocar vagar por territorio nacionalista flamenco, único sitio del planeta donde le han recibido, lugar elegido para continuar su fantochada, donde va saltando de tele en tele, con ruedas de prensa en busca de posiciones mediáticas y haciendo, dice, desde su exilio campaña electoral por el 21-D.

 

Si los catalanes moderados han tomado nota de lo que está sucediendo realmente, el 21 de diciembre pueden depositar su voto y volver a ponerse en manos de un gobierno inútil u optar por dar la vuelta a la tortilla. En el fondo, lo que cuenta es la economía; en este sentido, todos los vaticinios y previsiones de que la llegada de la república sería como el maná han resultado falsos. Más de 2.000 empresas han salido de Cataluña ante el temor a caer en un limbo jurídico, a sufrir el golpe de los mercados y el aislacionismo, el miedo a caer en las garras de un gobierno rebelde y a lo que se ve bastante ignorante, sin ningún apoyo internacional y aún empeñado en crear de la nada un lírico país independiente. 

 

Ha hecho tanto daño que una vez que se empiecen a contabilizar los destrozos económicos, el gasto inútil, el perjuicio social, el desempleo, el desacato y las barbaridades cometidas está, parece ser, más que justificada la pena por el incumplimiento de la ley: prisión, govern a la sombra. Apelan a la política, dicen, acaso el golpista Tejero podría haber hecho lo mismo, pues su golpe de Estado trasnochaba también ideas políticas dictatoriales. Puigdemont está acabado. La carrera electoral hacia el 21-D ha empezado y los catalanes tienen con sus votos la manera de elegir otro futuro, en busca de la concordia y la convivencia en paz, también por el progreso y el bienestar. Ningún país del mundo ha reconocido la república catalana; niño, deja ya de joder con la pelota, que te cantaría Serrat.

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