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Domingo, 15 de octubre de 2017

El dilema

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Parece que tendremos que esperar hasta el último minuto antes de las diez de la mañana del lunes para saber el acertijo de si se declaró, o no, la independencia.

Pero el dilema apunta más hacia un intento del president de ganar tiempo en su estrategia de victimismo. Ahora el objetivo es internacional; hay que convencer a las cancillerías y a los organismos de la UE de que "abandonan un Estado que les maltrata incluso con saña policial". De ahí la continúa apelación a las cargas policiales del uno de octubre (¡qué error, qué inmenso error!) y ni una mención a la pluralidad de la sociedad catalana, como se ha demostrado estos días en la calle, a la que se pretende imponer una república con los votos de la minoría.

 

De tener Puigdemont la decisión clara de que la respuesta será un NO sobraría tanto tiempo para pensarlo. Habría aceptado la propuesta de la mayoría del Congreso de los Diputados y su grupo se habría sumado a la comisión que va a iniciar el estudio de una reforma constitucional. Empujarían desde dentro de las instituciones para que esa reforma fuera la mejor para el encaje de Cataluña en el Estado español y, algo fundamental, dentro de la legalidad democrática.

 

Pero no parece que la propuesta de diálogo que con tanta eficacia han "vendido" en el exterior y que bastantes países de la UE han "comprado" tras las imágenes del 1-O, vaya por esa senda. De ahí la apelación de mediadores internacionales. Pretenden que sean ellos los que defiendan que: o referéndum o referéndum.

 

Mientras la CUP y Oriol Junqueras presionan para el portazo definitivo, asustados de que las caras de frustración de los entusiastas que acudieron al parque de la Ciudadela, al sentirse independientes solo un instante, se conviertan en batacazo electoral en la cita a la que, más temprano que tarde, tendrán que enfrentarse.

 

Temen también que la CUP abandone su apoyo al Govern y pierdan la mayoría en el Parlament. Pese a que confían en recuperarlo con el inestimable apoyo de Pablo Iglesias y Ada Colau que, vigorosos defensores de "la libertad de los pueblos", están sopesando la oportunidad de llevar a la alcaldesa de Barcelona a presidir la Generalitat.

 

Por tanto, el ambiente de menor tensión que se respiraba el 12 de Octubre en el Palacio Real, tras el desfile de la Fiesta Nacional, solo se justifica por la unidad de los demócratas que tanto ha costado conseguir ante el desafío. Puigdemont y Junqueras no han llegado hasta aquí para tirar la toalla ante un apercibimiento. En última instancia, mejor mártires que traidores. La crispación en la sociedad catalana se mantiene incólume y las próximas semanas pueden ser muy duras. Ojalá me equivoque.

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