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Jueves, 12 de octubre de 2017

La oportunidad que Puigdemont desaprovechará

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El día de la Fiesta Nacional se celebra hoy en medio del mayor desafío al que se enfrenta España en las últimas cuatro décadas. Pero los acontecimientos políticos de las últimas dos jornadas abren un escenario de oportunidad para que en Cataluña se pueda reconducir una situación al borde del abismo.

La pelota está en el tejado de Puigdemont, un dirigente ridículamente mesiánico que pasará a la historia por haber fracturado a la sociedad catalana y haber sometido al Estado a un chantaje que obliga a cada uno de los poderes legítimos a actuar con la máxima responsabilidad. Y, en esa línea, el Gobierno no hizo ayer sino cumplir con su obligación al dar el primer paso para activar el artículo 155 de la Constitución, requiriendo al presidente de la Generalitat para que de aquí al lunes confirme si ha declarado la independencia de Cataluña. Si no contesta, tendrá un segundo plazo hasta el jueves 19 para rectificar y volver a la legalidad constitucional. Un ultimátum para que ponga fin a la huida hacia la nada.

 

Tiene, por tanto, el president una ocasión para no empeorar más las cosas. Ya que hasta ahora no ha destacado precisamente como un gobernante virtuoso, debiera dedicar este puente de reflexión a leer a Maquiavelo y aprender lo importante que es saber aprovechar una oportunidad. El Govern es consciente de que la alambicada declaración del martes en el Parlament y la firma de un documento soberanista por parte de los diputados nacionalistas en el pasillo fueron una charlotada sin trascendencia jurídica alguna, que ni siquiera sirvieron para elevar los ánimos de las huestes antisistema de las CUP que se sienten, no sin razón, engañadas por sus propios mesías. Pero al menos la jornada circense y el repliegue permiten desatascar la situación, siempre dentro de la Ley, si el Govern se aviene a responder al requerimiento de Moncloa con la sensatez hasta ahora perdida, aunque ayer mismo Puigdemont mantuvo su empecinamiento en una entrevista a la CNN en un "diálogo sin condiciones" y en "un mediador".

 

Cabe aguardar una rectificación, sin que de ello se deriven, como no puede ser de otra manera, ni espacios de impunidad para los dirigentes que hayan infringido la legalidad, ni mucho menos se abra la puerta a cambalaches que busquen desembocar en una inadmisible negociación entre el Estado de derecho y quienes opten por seguir instalados en el golpismo. Se trata de recuperar el orden constitucional en Cataluña. A partir de ahí, grande puede ser el recorrido de la política, dentro de las reglas de juego, sin chantajes.

 

En todo caso, el Estado debe perseverar en la firmeza y no puede caer en trampas saduceas del independentismo, porque nada sería más perjudicial para la convivencia entre españoles que una cronificación del problema soberanista. No es tiempo para medianías. Y ayer comenzó la cuenta atrás para aplicar el artículo 155, demostración de que al Estado no le va a temblar el pulso para actuar en pro de la restitución de la normalidad institucional. Máxime porque, afortunadamente, el Ejecutivo tiene el respaldo de la mayoría de las fuerzas constitucionalistas, en especial del PSOE y de Ciudadanos, a la altura de las circunstancias. Como subrayó Rivera en el Congreso, "a los que no cumplen las leyes no les debemos nada".

 

El apoyo de Pedro Sánchez a Rajoy para activar el 155 acorrala a Puigdemont y se antojaba imprescindible para garantizar una amplia unidad política ante unos acontecimientos que pueden ser de muy difícil gestión. En el otro extremo, en el de una irresponsabilidad kafkiana, se ha vuelto a situar Podemos dando oxígeno al separatismo. El tercer partido de España comparte con los sediciosos su irrefrenable deseo de dinamitar lo que llaman el "régimen del 78" y, con tal fin, todo les vale. No ayuda desde luego la actitud de Iglesias y los suyos a acabar con la mascarada en la que quiere mantenernos el independentismo.

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