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Lunes, 9 de octubre de 2017

El clamor de la mayoría silenciada

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El nacionalismo excluyente perdió este domingo el monopolio de la calle después de una de las manifestaciones de rebelión cívica más emocionantes de nuestra historia democrática. Casi un millón de ciudadanos, sin distinción de tendencias políticas, desfiló por Barcelona en defensa de la unidad de España, de la tolerancia y del Estado de Derecho.

Fue el clamor de la mayoría silenciada de los catalanes por la concordia constitucional, la convivencia pacífica y el proyecto nacional compartido con sus conciudadanos del resto del país. Frente al aparente unanimismo que han proyectado los separatistas, emergió la Cataluña real, diversa y plural.

 

Hay momentos en la historia de una nación en los que la ciudadanía asume la responsabilidad de mantener la dignidad cívica y la integridad de los valores que conforman la democracia. Este fue uno de ellos. Igual que en el 23-F frente a los militares golpistas y en el verano de 1997 plantando cara al sanguinario terrorismo de ETA, miles de españoles recuperaron el protagonismo en la calle para gritar alto su deseo de vivir en un país unido en el que todos los ciudadanos sean libres e iguales. Tanto en derechos como en obligaciones. Y sin la imposición de una ideología excluyente que trata de subvertir a contracorriente el devenir de la Historia. Cuando todos en Europa creían que tras las dos guerras que asolaron el continente en el siglo pasado, el nacionalismo habría quedado arrinconado en los márgenes de la civilización, la modernidad y el progreso, algunos han aprovechado la crisis económica y la debilidad institucional para reactivar sus intenciones revolucionarias de destruir el proyecto común compartido por todos los españoles desde hace más de cinco siglos.

 

Su desafío ha sido extremo. Por eso, fue contundente el rechazo de la mayor parte de la ciudadanía. Sin banderías políticas. Sin distinción de origen, de clase social ni de afinidades políticas. Ciudadanos hasta ahora silenciados por el rodillo independentista que dijeron Prou! (¡Basta!) a quienes quieren romper la convivencia y fracturar a la sociedad. Convocada por Sociedad Civil Catalana, a la marcha se sumaron PP y Cs, pero el PSC hizo un llamamiento a que sus militantes acudieran a la misma y Josep Borrell, histórico del socialismo español, fue uno de los ponentes que reflexionó, en términos graves y severos, en contra de los políticos irresponsables que nos han conducido a esta situación.

 

Como recordó también desde la tribuna el premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, la masiva participación en la manifestación significó un clamoroso triunfo de la razón cívica frente a la pasión política, entendida ésta como la intolerante actitud que pretende convertir al adversario en enemigo, como hicieron en la teoría y en la práctica el comunismo, el fascismo y nacionalismo en una de las páginas más desgraciadas de la reciente historia contemporánea. Pero este domingo, las banderas española, catalana y europea ondearon conjuntamente en las calles de Barcelona, en admirable ejemplo de que no todas las identidades son necesariamente excluyentes. Que la convivencia no es solo deseable sino también posible. Que todos los sentimientos son igualmente respetables mientras destierren de su discurso las retóricas del odio y se mantengan sometidos al imperio de la ley, garantía máxima de los Estados modernos para que la paz prevalezca sobre el conflicto de todos contra todos. Para que ningún ciudadano incurra en la arrogancia intolerante de considerarse más que otro por su ideología, por su religión o por su sexo.

 

Principios democráticos que el independentismo ha intentado arrollar usurpando el parlamento autonómico a la oposición, monopolizando el discurso mediático a través del control de los canales públicos de televisión y radio, secuestrando la calle para ponerla al servicio de los radicales antisistema que le sostienen en el Gobierno y divulgando la mentira y la manipulación con la intención de manchar la imagen de España ante la comunidad internacional. Todo ello con la pretensión de dejar sin efecto la Constitución y el Estatuto de Autonomía, las dos leyes fundamentales que operan en Cataluña, e instaurar una nueva legalidad totalitaria en la que el Gobierno controle los tres poderes que, en contrapeso y vigilancia, dan forma a un régimen democrático. Pero el independentismo se mantuvo obstinado en sus intenciones. Al desprecio con el que Puigdemont trató a los empresarios que el sábado le pidieron que desistiera de declarar la independencia, se sumó la declaración del propio President de la Generalitat en TV3 en el sentido de que seguirá adelante con la hoja de ruta pactada con la CUP y aplicará la Ley del Referéndum a pesar de estar suspendida por el TC.

 

La movilización social ha estado acompañada por el rechazo cuasi unánime, y por primera vez explícito, de las élites financieras y empresariales de Cataluña. El éxodo de las corporaciones más internacionales y reputadas ha dejado perpleja a la sociedad catalana y ha resquebrajado al dispar bloque independentista. A la marcha de Sabadell , CaixaBank, Gas Natural, Aguas de Barcelona y un largo etcétera se sumará hoy el anuncio de un posible cambio de sede social de Abertis y otras tantas compañías que no quieren quedar al albur de que Puigdemont acabe proclamando la independencia. La posibilidad de quedar atrapadas en un territorio fuera de la ley y controlado por un Govern que se mueve como marioneta de los antisistema de la CUP obliga a las empresas a abandonar Cataluña. Como publicamos hoy, en primer lugar porque la Ley de Transitoriedad contempla nacionalizar empresas y crear un banco público. Pero también porque las firmas catalanas temen un boicot comercial a sus productos en el resto de España, su principal mercado. Y además, ninguna empresa (en especial los bancos) puede arriesgarse a quedar fuera del euro.

 

En este sentido, es oportuno recordar el papel integrador que la moneda única europea puede jugar en el desenlace del conflicto catalán. El euro ha sido el mayor avance reciente para la integración de la UE, una unión que en los últimos 60 años ha garantizado la paz y la prosperidad de las naciones europeas. Y la crisis institucional catalana está poniendo de manifiesto que hoy nuestras empresas son, ante todo, europeas por la seguridad jurídica de la que dota la moneda común. Y a favor de ella se manifestaron masivamente también los ciudadanos de toda España, que quieren seguir disfrutando del bienestar económico y la paz social. Como hasta ahora.

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