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Domingo, 8 de octubre de 2017

Cataluña en España

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Tengo en mis manos un libro de 1968 que ya parecía querer presagiar nuestro futuro. Se titula Una y diversa España, y lo firma don Pedro Laín Entralgo, aragonés. España ha sido siempre la fuente de siete caños: el iberismo, su romanización, Euskal Herria, el periodo visigodo, Asturias, la invasión árabe, el reino leonés, la expansión de Castilla y su idioma, la fantasía galaica, Aragón, el condado de Barcelona y Cataluña, Valencia y Mallorca, el pintoresquismo andaluz… No hay un modo único de ser español, de verse español, de sentirse de esta tierra del sol.

El libro de Laín definía ya ser español como el que habla alguno de los idiomas de España y o bien tiene rasgos psicológicos de uno de los pueblos patrios, o bien vive con arreglo a los usos y costumbres de aquí.


La unidad y la seña de identidad más fuerte lo da una lengua. En el País Vasco se hablaba, en los valles, un conglomerado de dialectos que luego quedó unificado en el batúa. Los vascos, con sus fueros, estuvieron contentos mucho tiempo, e incluso exportaron a Madrid la pelota vasca. En Galicia, solo se hablaba el gallego cerrado en los pueblos. La mayoría de sus escritores preferían expresarse en castellano, mientras Madrid se poblaba de serenos lucenses y orensanos. Cataluña fue otro tema. El catalán, lengua madre natural, estaba muy arraigado tanto en las masías como en los centros urbanos. Fue lengua de cultura en la Baja Edad Media, y resurgió con ímpetu durante la Renaixença, es decir, llenando buena parte del siglo XIX. En Cataluña, por las calles, todo el mundo hablaba en catalán con normalidad. Incluso con la dictadura de Franco. A finales de la década de 1960, solo la misa de doce era en castellano; el resto se oficiaba en catalán. Era habitual que un castellanohablante fuera de visita a Olot, por ejemplo, y delante de él los pintores bohemios charlaran en catalán. Si el foráneo tenía suerte y entendía, mejor para él; si no, “et fots”. Le podía salvar si era amigo; entonces se le decía “perdona, oye” y a continuación se le traducía. 


Se podría alegar que Castilla y los castellanos han vivido muy cerrados a Cataluña. En Madrid no se leía a los escritores barceloneses en catalán. Nunca se ha hecho por ofrecer la enseñanza del catalán en las escuelas. Josep Pla anotaba lo difícil que resulta a un autor catalán expresarse en castellano. Maragall decía que no había problema de aprender a escribir en otras lenguas, incluida la castellana, cuando se lleva muy dentro la propia, cuando se quiere mucho la lengua materna. El poeta, cuando tradujo al catalán la Ifigenia de Goethe, al verla representada, en octubre de 1898, en el jardín del Marqués de Alfarrás, exclamó: “Allí me vino como una especie de revelación de que el catalán, aplicado a empresas grandes, no es ordinario.” El mismo Maragall creía entender que la cerrazón de Castilla era por no tener el mar: “Sola, sola enmig dels camps,/ terra endins, ampla és Castella./ I està trista, que sols ella/ no pot veure els mars llunyans./ Parleu-li del mar, germans!” (‘Sola, sola, en mitad de los campos,/ tierra adentro, ancha es Castilla./ Y está triste, que solo ella/ no puede ver los mares lejanos./ ¡Habladle del mar, hermanos!’ De Himno Ibérico).

 

Hermosos versos, que parecen inspirar estos otros de Alberti: “Háblame del mar, marinero./ Dime si es verdad/ lo que dicen de él./ Desde mi ventana/ no puedo yo verlo./ Desde mi ventana/ el mar no se ve.”

 

En su Oda a España, Maragall reprocha a su país enviar sus hijos a la muerte y alimentarse de funerales: “Yo vi los barcos –en que enviabas/ a que muriesen-- hijos sin número:/ iban alegres –hacia el azar,/ y tú cantabas –en la ribera/ como una loca […] ¡España, España, --vuelve hacia ti,/ llora como una madre […] ¿Dónde estás, España? –No logro verte./ ¿No te hiere mi voz atronadora?/ ¿No entiendes esta lengua –que te habla entre peligros?/ ¿No sabes ya comprender a tus hijos?/ ¡Adiós, España!” Sin embargo, Maragall, cuanto más catalán era, más español se sentía. Y lo ratifica en su elogio de la tierra ampurdanesa: “Hoy por hoy, decirse catalán es decirse español de una manera más viva, más eficaz, y más llena de esperanza que no paso con esta palabra misma.” Solo el catalán que se crea buen catalán puede llegar a sentirse plenamente español. ¡Hoy hay tantos catalanes que no se sienten españoles! Pero habría que preguntarles si se sienten verdaderos catalanes. Quizá sean los hijos de los Ordóñez, los Martínez, los Sánchez y los Velasco, emigrados sus padres hace más de cuarenta años a Cataluña, los que ahora se sienten poco o nada españoles, porque en el fondo tampoco son verdaderos catalanes. Quieren verse a sí mismos catalanes, pero de un modo distinto, para alimentar su resquemor contra España, y ganar su fingida identidad catalana. 


Quien con naturalidad –como hacía Maragall—ama la tierra catalana, entiende esa misma naturaleza como parte integrante del territorio español; como parte de una larga historia de hombres y mujeres juntos pero no revueltos.


Ante la amenaza separatista que estamos viviendo con honda preocupación –pues son los momentos más difíciles para España desde el intento de golpe de Estado frustrado de 1981, y desde los atentados en las estaciones de Madrid del 11 de marzo de 2004--, solo caben dos posturas: la derogación del Estatuto de Autonomía catalán y acaso la ocupación militar temporal de Cataluña; o bien el aislamiento absoluto del gobierno secesionista catalán y de Cataluña entera a nivel tanto nacional como internacional. El primer movimiento puede conducirnos, directamente, a una guerra civil. El segundo, rendir por hambre a Cataluña, a una solución más pacífica, pero tal vez a una victoria pírrica, pues sería alimentar más los odios y ofuscamientos antiespañoles. Cataluña volvería al redil nacional, pero ya no se trataría de la misma España. Avanzaría una España magullada, con heridas profundas y gangrenadas. Habría que esperar, también, a la reacción de aquellos muchos catalanes que defienden la permanencia en España. ¿Se alzarían contra los rebeldes secesionistas? ¿Cómo serían tratados, a su vez, por los independentistas? Ciertamente, nuestros temores surgen “como el espectro de una llama muerta” (Josep Maria López-Picó).


La Jefatura del Estado, por Ley de 24 de junio de 2015, otorgó la nacionalidad española a los judíos sefardíes que quisieran pedirla. Los judíos de la diáspora de 1492, quienes nunca desearon dejar de ser españoles, pues conservaron con reverencia y amor la llave de sus casas y el idioma castellano del siglo XV. Inigualable lección de amor intenso a una tierra que los despachó con desprecio, y que aun así ellos llevaban muy consigo. ¡Ya podían aprender de su amor los españoles que hoy se avergüenzan de serlo! Que ven en nuestra bandera común un signo de vetusto inmovilismo. Que no se identifican con el concepto de “Patria”. A esos españoles les recuerdo la añoranza de los exiliados, de los expatriados que soñaban con España allá lejos, al ritmo de un gramófono “en tierra extraña”.

 

Alberti lo esbozó así: 
“Sol de esta tierra, yo llevo,
de otra tierra, un sol adentro.
Aquí está el tuyo, aquí el mío, 
frente a frente, pero idénticos.
Me hace arder el tuyo, el mío
me hace siempre estar ardiendo.
Dos soles me están quemando,..
Ya soy un toro de fuego.”


El Himno de la Comunidad Valenciana comienza invocando: “Para ofrendar nuevas glorias a España/ nuestra Región supo luchar;/ ¡ya en el taller y en el campo resuenan/  cantos de amor, himnos de paz!”


Salvador Espriu cantó: “Diversos son los hombres y diversas las lenguas,/ y convendrán miles de nombres a un solo amor.” Ojalá sea siempre el amor a una tierra, manto de roja y gualda, que llamamos España.

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