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Domingo, 8 de octubre de 2017

La gran desbandada

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Los empresarios catalanes, que habían permanecido callados estos largos meses de deriva soberanista, le han visto al fin las orejas al lobo y han decidido salir corriendo.

Antes se habían entrevistado con el Rey Felipe VI y con el vicepresidente de la Generalitat, Oriol Junqueras. Y no debieron ser muy tranquilizadoras ambas citas cuando han decidido no esperar a la declaración unilateral de independencia.

 

Artur Más aseguró en 2015 que la independencia no supondría ninguna merma empresarial en Cataluña y que ninguna empresa se iba a deslocalizar por el "proces". En aquel momento, y han pasado dos años, nadie le desmintió. Si el relato que tan buenos resultados ha dado a los independentistas, dibujando una Cataluña fuera de España como la Arcadia feliz, reconocida internacionalmente, miembro de la UE, bajo el paraguas del Banco Central Europeo, se hubiera rebatido por los que ahora con tantas prisas se van, mucha gente no habría acudido a votar el 1 de octubre.

 

Ni desde Madrid, ni desde la sociedad catalana con poder e influencia en la opinión pública, se ha desmontado la catarata de falacias que se prometió desde Junts pel Si y la CUP. Y ahora estamos donde estamos.

 

De ahí la enorme importancia de la manifestación convocada este domingo en Barcelona donde, los hasta ahora silenciosos, van a salir a la calle y a perder el miedo al rechazo social por no apoyar la quimera independentista. No hacen falta banderas españolas, la " senyera" símbolo de Cataluña hasta que fue barrida por la "estelada", acoge a todos. Hay que acabar con el oprobio de que todo aquel que no apoya la independencia es un fascista. Los catalanes no pueden caer en la misma trampa que hizo a la sociedad vasca vivir décadas bajo el terror de no atreverse a hablar para no ser señalados.

 

Hay que alabar el coraje cívico de la cineasta Isabel Coixet que no ha temido manifestar su rechazo a la DUI pese a ser insultada al salir a la calle, y el valor moral de los chicos de un instituto que han defendido a sus compañeros, hijos de guardias civiles, del acoso de profesores y alumnos.

 

La libertad de expresión alcanza en un país democrático como es España a los que quieren marcharse como a los que no. La patente democrática no la otorga nadie. Es un derecho ganado a pulso en un país con demasiadas convulsiones.

 

Es evidente que si el martes Puigdemont aprovecha el pleno del Parlament para declarar la independencia, el Estado tiene instrumentos suficientes, dentro del orden constitucional, para anular este ilegalidad. Lo difícil, lo verdaderamente difícil, va a ser recuperar la convivencia, el respeto mutuo y el afecto que durante siglos ha unido a todos los pueblos de España.

 

Y la manifestación del domingo quiere demostrar que Cataluña no es monolítica sino plural y que nadie puede atribuirse un liderazgo único.

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