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Jueves, 5 de octubre de 2017

Discurso de estado para Cataluña

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A nadie se le escapa ya que España atraviesa el momento más crítico de su historia democrática. Hoy, nuestro país sufre los embates totalitarios de aquellos que violentamente quieren despojarnos de nuestros derechos y libertades recogidos en la Constitución de forma unilateral y sediciosa en nombre de un proyecto excluyente. La novedad, como todos ya sabemos, es que ese movimiento liberticida lo encarna el poder delegado del Estado en aquel territorio, esto es, la Generalitat y su monumental entramado clientelar.

Estas coyunturas extraordinarias para el futuro de los países y de sus ciudadanos nos miden a todos. Que el tiempo pone a cada uno en su lugar y que la Historia es un severo juez de las conductas institucionales es un hecho. En este sentido, el Rey marcó el martes el camino a los políticos constitucionalistas en su espléndido y, por qué no decirlo ya, discurso para la posteridad tras el Primero de Octubre.

 

Albert Rivera compartió ayer en su totalidad el análisis y el mensaje de Don Felipe. El presidente de Ciudadanos fue el protagonista del Foro «La Razón de» de nuestro periódico que reunió a personalidades de la política, la economía, la empresa y la cultura. Rivera conoce como pocos el juego sucio del independentismo y hasta dónde está dispuesto a llegar. Lo ha sufrido y aún lo padece como catalán y español. Ayer, nos dejó un análisis lúcido, comprometido, firme y también sentimental, porque, es cierto, lo afectivo se desborda en unos días de enorme tensión para todos.

 

El líder de Ciudadanos planteó una hoja de ruta sensata para doblegar a los golpistas y reinstaurar la legalidad y la democracia en Cataluña: no cometer los errores del pasado, hacer un buen diagnóstico de la situación, aplicar la Constitución, esto es, activar el artículo 155 en el Senado, convocar elecciones autonómicas y diálogo posterior sólo con los demócratas desde el convencimiento de que los constitucionalistas pueden vencer a los independentistas. Por supuesto, Rivera no es ingenuo y sabe de las tremendas dificultades de todo ello, pero no se le puede objetar que tiene un plan para recuperar aquello que nos quieren arrebatar y que el Estado pueda volver a Cataluña y lo haga con las ideas claras. Apeló también a ponerlo en marcha de inmediato pues el calendario secesionista nos aboca a una toma de decisiones urgente incluso por encima de un PSOE que «parece pensar más en escaños que en España».

 

Es cierto que el tiempo corre y que la democracia debe impedir que la atropelle, pero también lo es que conviene tenerlo todo atado y bien atado y que los errores se pagan caros cuando hay tanto en juego. Unidad, libertad, igualdad, Constitución, en suma, son principios que los demócratas compartimos y que debemos preservar a toda costa cuando están amenazados por el golpe separatista. Albert Rivera está empeñado en ese combate y quiere acompañar al Gobierno en su pulso para que los opresores etnicistas y supremacistas de esa mayoría de catalanes silenciada y silenciosa no se impongan. Dijo también en otro momento de su brillante disertación –una de las más ovacionadas que se recuerdan en este foro– que el «nacionalismo se combate con patriotismo; lo segundo es querer a tu país, lo primero es odiar al de enfrente».

 

No podemos estar más de acuerdo, como lo están con seguridad la inmensa mayoría de los ciudadanos de esta vieja y magnífica nación. Más allá de que hayamos podido disentir o no de decisiones puntuales en estos años, los méritos de Rivera son innegables, así como elogiables son su compromiso con el orden constitucional, la unidad de la nación y la libertad de todos los españoles. Su apoyo al Gobierno es la posición de un partido maduro y leal al servicio del Estado, que es el bienestar de la gente. Eso y no otra cosa es un discurso de Estado que define y distingue a los partidos conscientes de su deber en una hora crítica.

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