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Sábado, 30 de septiembre de 2017

El Gobierno ha empeñado su palabra

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La incertidumbre marca las vísperas de un domingo ominoso. A la misma hora en que el Gobierno de España, a través de su portavoz Méndez de Vigo, insistía ayer en que el referéndum ilegal no se va a celebrar -el presidente Rajoy ha empeñado en ello su palabra-, la Generalitat exhibía las urnas con las que está decidida a burlar la ley y a burlarse de todos los españoles.

Que tales urnas, con las que se pretende sustituir a las reglamentarias, hayan sido fabricadas en China y sean receptáculos de plástico, opacos y sin sellar, solamente añade esperpento a la humillación. Hace mucho que en Cataluña se rebasó el límite fijado por Tarradellas para la actividad política: no hacer el ridículo. Pero vaya si se puede rebasar.


Podríamos ensayar metáforas ingeniosas sobre la calidad de la hipotética república que nacería de semejantes receptáculos, pero por desgracia es posible que el de mañana no sea el día festivo que intenta proyectar el separatismo. En una democracia europea no se da un golpe contra el Estado de Derecho sin que pase nada. Lo saben los golpistas, que escudriñan las declaraciones de líderes internacionales en busca de un leve guiño a su proyecto antidemocrático.

 

No lo encontrarán en Estados Unidos, como dejó claro a su manera el presidente Trump, ni tampoco en Europa, reunida en una cumbre que ha explicitado una vez más el apoyo comunitario al orden constitucional español. El más contundente fue Macron: "Solo conozco un interlocutor: España". El editorial de Le Monde supone un triunfo del periodismo, entendido como respeto a los hechos: "El gobierno de Madrid está perfectamente justificado para declarar ese escrutinio como ilegal. Todos los tribunales constitucionales del país lo han juzgado así.

 

Es contrario a la Constitución democrática de 1978 aprobada por la casi unanimidad de los catalanes. Los tres cuartos de los diputados del Parlamento nacional, de derecha o izquierda, se opusieron".Qué pasará el 1 de octubre no lo sabemos.

 

Sí sabemos qué debe pasar: que se cumpla la orden del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, cuyo sentido último no es aplastar la voluntad inocente de echar una papeleta en una urna de plástico, sino defender el derecho de todos a conservar lo que nos pertenece por ley.

 

El encargado de aplicar esa instrucción, el cuerpo judicial de Mossos d'Esquadra, ha ordenado -como no podía ser de otra manera- requisar las urnas y cerrar los centros. Pero se reserva la decisión de intervenir o no en función de su particular criterio, en aras de la seguridad. Ayer por la tarde, en cuanto concluyó la jornada escolar, comenzaron las ocupaciones de colegios, planificadas por las organizaciones separatistas con la complicidad de Puigdemont y sus socios.

 

La deslealtad recorre todos los órdenes políticos y sociales, desde la cúpula del Govern hasta el activismo subvencionado o el sindicato de estudiantes; desde el taimado Trapero hasta la facilitadora Colau; desde los obispos de nostalgia carlista hasta los medios adictos, entre los cuales se cuenta el magnate Roures que, fiel a sus dos pasiones, cobra a los periodistas por la cobertura del independentismo.

 

El número de banderas, el tonelaje de los tractores y el volumen de los cánticos no son la fuente del ordenamiento jurídico de los pueblos, sino la Constitución aprobada por el sujeto soberano de la nación, sujeto encarnado en el conjunto del pueblo español y no solo en una parte. Es necesario repetir estas razones una y otra vez, frente a la avalancha de emociones que persigue sofocar las protestas de los genuinos demócratas, conciudadanos que afrontan el planeado despojo de sus derechos políticos y su forzosa conversión en extranjeros en Cataluña.

 

Esto es lo que está en juego. Por lo demás, las imágenes de niños ocupando los colegios en la tarde de ayer, perfectamente ajenos a la voluntad sediciosa que los involucra a modo de escudos humanos para disuadir a los Mossos, permanecerán en la retina como un hito posmoderno de ese reverso del autoritarismo que según Kundera es la cursilería.

 

Esperemos que la otra cara de la 'revolución de las sonrisas' no sean los ultras violentos que esperan su oportunidad para entrar en acción.Comprendemos la necesidad de observar una proporcionalidad exquisita para no dar bazas gratuitas al victimismo nacionalista, pero los españoles están hoy tan en vilo como el propio Gobierno. Y eso nunca debería haberse permitido. De nada sirve que Puigdemont y Junqueras sean deslegitimados como interlocutores: ya contábamos con ello. Para mañana, contamos con la protección de un Estado democrático que no puede fallarles a los ciudadanos libres e iguales -todavía- de la Nación. Solo sobre la victoria de la ley podremos restablecer la convivencia.

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