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Miércoles, 27 de septiembre de 2017

Respaldo a Rajoy de la Casa Blanca

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Nada ha cambiado en la política bilateral hispano-estadounidense desde que el ex presidente Barack Obama pronunciara ante Su Majestad Felipe VI su lacónico pero rotundo «queremos una España fuerte y unida». Sin citarlo, fijaba la posición de la Casa Blanca sobre el movimiento secesionista catalán, que, dicho sea de paso, apenas había tenido eco en los medios de comunicación norteamericanos, y, al mismo tiempo, cumplía la máxima diplomática de no ayudar más de la cuenta, sobre todo cuando se trata de la política interna de un aliado.

De ahí que no se esperaran grandes sorpresas de Donald Trump, pese a la exuberante personalidad del sucesor de Obama, incapaz de medir demasiadas veces las consecuencias de sus palabras. Así, Trump, contenido, se refirió a España como un gran país, aliado y amigo, que debería seguir unido. De cualquier forma, la nueva Administración estadounidense, que va ganando experiencia, ya había perfilado una línea argumental sobre el proceso catalán, muy poco abierta a interpretaciones, al menos a tenor de mensajes como el del secretario de Defensa, James Mattis, a su colega española, María Dolores de Cospedal, reiterando el apoyo de Estados Unidos a «la democracia española y a su Estado de derecho». Incluso el escaso interés mediático por la coyuntura catalana, sólo suscitada por los periodistas españoles allí presentes, demuestra que España no es vista en Washington como sujeto de problema alguno, sino como un miembro notable de la Unión Europea en el que se confía.

 

Así, Donald Trump agradeció a Mariano Rajoy el gesto político inequívoco de la expulsión del embajador de Corea del Norte en Madrid y, pese a que las posiciones no son las mismas, puso a España como ejemplo de cooperación en la grave crisis democrática venezolana. Son, sin duda, los dos asuntos internacionales, junto con la lucha contra el terrorismo islamista, que más preocupan en estos momentos a la Casa Blanca y era de esperar que ocuparan buena parte de la agenda del encuentro bilateral. Porque, en realidad, las relaciones entre Washington y Madrid apenas tienen zonas de fricción, incluso bajo la conocida perspectiva proteccionista del mandantario norteamericano. Bien asesorado, Trump reconoció que las relaciones comerciales entre los dos países entraban en la categoría de «justas y recíprocas», toda vez que, como explicó con mayor detalle Mariano Rajoy, suponen intercambio de inversiones y creación de puestos de trabajo en ambos mercados laborales.

 

Ciertamente, la pulsión proteccionista de Trump, que cree que su país ha salido perjudicado en la mayoría de los acuerdos de libre comercio firmados con el resto del mundo, puede cambiar esta situación y no sería la primera vez que se imponen trabas arancelarias, disfrazadas de medidas sanitarias, a las exportaciones agroalimentarias españolas a Estados Unidos. Pero, de momento, las relaciones fluyen, Trump no ha dicho nada que pueda interpretarse como incorrecto hacia España, todo lo contrario, y no parece que se vea en el horizonte nada susceptible de entorpecerlas.

 

Para nuestro país, se trata, sin duda, de una excelente noticia. Poco a poco, y salvo en lo que se refiere a sus ruidosas crisis tuiteras, Donald Trump comienza a comportarse en política exterior como el resto de sus antecesores: apoyando a sus aliados y amigos, aunque sea declarativamente, recabando el apoyo recíproco y respetando las fórmulas de cortesía más elementales. El Trump que se ufanaba de la victoria del Brexit y que apostó por la secesión de Escocia no es, desde luego, el que ayer recibió con todos los honores y con gestos de simpatía a Mariano Rajoy.

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