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Lunes, 25 de septiembre de 2017

El nacionalismo catalán mina la unidad europea

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Las autoridades comunitarias ya han advertido que el plan secesionista de Cataluña supondría la salida inmediata de esta región de España de la UE. Añaden, además, que dicho conflicto es un «asunto interno», aunque las consecuencias alterarían el mapa europeo.

De ahí que el desafío independentista catalán deba inscribirse dentro los movimientos nacionalistas surgidos en Europa en la últimas décadas y representados en estos momentos por los gobiernos antieuropeos de Polonia y Hungría. Después de todo, el presidente de este último país, el ultranacionalista Viktor Orbán, ha sido el único mandatario europeo que aceptaría el resultado del referéndum ilegal de autodeterminación de Cataluña. «La voluntad de las personas es siempre lo que importa», dijo con un inequívoco mensaje populista. Los italianos de Liga Norte tampoco son ajenos a este mensaje basado sobre todo en los agravios de las regiones ricas frente a los «parásitos» del sur. 

 

El punto de inflexión que indicó el camino a seguir por estos partidos que aspiran a recuperar una soberanía económica y política robada ha sido el Brexit británico. El principio propagandístico puesto en marcha por los euroescépticos británicos estaba basado en un principio clásico del nacionalismo: solos nos irá mejor que compartiendo el futuro con los demás, sobre todo con unos vecinos que consideran un lastre. 

 

Los dirigentes independentistas catalanes insisten en su vocación europeista, pero parece no atender las consecuencias de una declaración de independencia: la salida del nuevo Estado catalán de la UE y el consiguiente debilitamiento de un país clave en el proyecto europeo como es España. En política, y más cuando se trata del futuro de una nación histórica, las buenas intenciones no sirven de nada; lo importante son las consecuencias. El independentismo no sólo juega a favor de las opciones disolventes del proyecto de una Europa unida, sino que colaboraría con aquellos regímenes autocráticos interesados en fracturar la UE, como es el caso de Rusia. Los nacionalistas catalanes que tan frivolamente claman por un «maidán» imitando a los rebeldes ucranianos en Kiev, deberían no olvidar que su irresponsabilidad les llevaría a estar más cerca de Moscú que de Bruselas. El profesor George Steiner lo explica retrotrayéndonos al pasado más terrible: «Los odios étnicos, el nacionalismo chovinista y las reivindicaciones regionales ha sido la pesadilla de Europa». 

 

En un contexto especialmente complicado por una crisis económica que ahora parece mostrar signos de recuperación y con un gran movimiento migratorio procedente de las guerras de Oriente Próximo, se han activado los viejos demonios, ahora con la apelación al nacionalismo económico, el «España nos roba» o la «gran mentira del Brexit»: los 380 millones de euros que se podrían invertir en la sanidad pública británica si esa cantidad no se aportara a la UE, aunque el día después de la votación Farage reconociese que era falsa. 

 

La prensa europea, que recibió felizmente las protestas separatistas en Barcelona, parece que empieza a corregir y a poner la lupa en las consecuencias. «Liberation» publicaba ayer una durísima tribuna de Maxime Fourest en la que se decía que «si un solo orden constitucional –húngaro, polaco o español– fuese derrocado por la subversión de las normas democráticas por un partido o coalición hegemónico y mesiánico dentro de una Europa basada en las separación de poderes y la jerarquía de las normas, habría que escribir ya el obituario».

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