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Domingo, 24 de septiembre de 2017

La siembra y la cosecha

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El desmadre que se está viviendo en Cataluña es el resultado de una larga, larguísima, y desgraciada siembra en la que están involucradas casi todas las fuerzas políticas del país.

 Todos, en mayor o menor medida, han echado sus granos y reconocerlo sería quizá el primer y necesario movimiento para poner fin a este disparate que está sumiendo a toda España en el desprestigio.

 

Sin duda, han sido los partidos separatistas los principales y mayores culpables, eso es algo que no se puede negar, pero el problema no habría adquirido la actual dimensión sin auxilio inconsciente o consciente de todos.

 

De quienes en su día prometieron, desde la embriaguez de un mitin, que el Gobierno aprobaría lo que decidiese el Parlament.


De quienes dispusieron esas mesas petitorias que recolectaron cuatro millones de firmas contra un Estatut aprobado por el Parlament y refrendado por el Congreso de los Diputados. De quienes impugnaron ante el Tribunal Constitucional ese estatuto, muchos de cuyos artículos se mantuvieron en Valencia o en Andalucía. Y, sobre todo, de quienes fomentaron griterío con el que se ha tratado de ocultar la pésima gestión política del anterior Govern y los embrollos y corrupciones del "tres per cent". Hechos que, sin lugar a dudas, han fabricado mucho converso en las filas de un partido que nunca hizo gala de "soberanismos" sino, más bien, de eficacia y apoyo en el sostenimiento del Estado. Y hoy, aupados por el fervor y el aplauso de un pueblo al que han convencido con ese discurso populista tan de moda, se sienten héroes antes de sentirse mártires.

 

Y, a esta enloquecida fiesta del desatino se le ha sumado el falaz impulso de quienes, definiéndose de izquierdas, se muestran increíblemente proclives a la justificación del nacionalismo y llaman democracia a la negación de la legalidad. "Cosas veredes, Sancho".


Lo terrible de esta siembra es que quienes lanzaron los granos lo hicieron esperando ser recompensados en la cosecha. Y no va a ser así. Esta guerra no la va a ganar nadie. Y los grandes perjudicados vamos a ser los españoles; todos los españoles.

 

Hoy, muchos de ellos, deben estar pensándoselo y, ante la magnitud del escándalo, puede que sean capaces de perfilar un cierto horizonte de esperanza. Difícil pero necesario. Porque, si realmente recapacitan, podrán llegar a la conclusión de que si todos han tenido una parte de culpa en el desencuentro, también pueden tener una parte de protagonismo en la solución.

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