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Domingo, 10 de septiembre de 2017

Cabalga Europa

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El nuevo curso político europeo se abre el miércoles con el debate del Estado de la Unión en el Parlamento de Estrasburgo. Pero se ha venido madurando en las distintas elecciones nacionales del primer semestre y tras la recuperación de la locomotora francoalemana.

Las propuestas de impulso a una mayor integración continental del nuevo presidente francés, Emmanuel Macron, han obtenido ya en Berlín un eco positivo, cauteloso pero público, lo que tiene especial valor en plena campaña electoral. Tanto de la candidata favorita en las encuestas, la democristiana Angela Merkel, como del opositor socialdemócrata Martin Schulz. Parece descontado que las elecciones federales del día 24 afianzarán esta dinámica.

 

Macron acaba de reiterar en Atenas el núcleo de su plan, que es la puesta en relieve del programa de los cinco presidentes y particularmente de la Comisión. A saber, el refuerzo de la dimensión externa en política exterior, defensa, inmigración. Y el avance decidido hacia una plena unión económica mediante un fondo monetario (FME) estabilizador ante las crisis y sus secuelas diferenciales que fragmentan el espacio económico; un ministro de Hacienda común; y un presupuesto para la eurozona. El hecho de que hayan empezado las primeras escaramuzas sobre el FME, entre un Berlín inclinado a darle formato intergubernamental y un eje París/Bruselas más comunitario esconde, tras la polémica, una buena noticia. Discuten sobre cómo debe ser el FME, no de su necesidad.

 

Igualmente, el despliegue de la guardia costera europea y el cuartel general permanente, así como la vigorización de la agencia de armamento, registrarán avances —quizá menos enfáticos— en el último trimestre del año. En el que deben ir concretándose las propuestas de opciones lanzadas por Bruselas en su Libro blanco sobre el futuro de Europa: los Estados miembros (y la Eurocámara) deberán elegir entre los escenarios tímidos/renacionalizadores y los más ambiciosos, de corte federal.

 

Esta coyuntura de signo ofensivo contrasta para bien con las proyecciones pesimistas que muchos formulaban hace un año, ante el temor al ascenso de los populismos en Austria, Holanda, Francia e incluso en Alemania. Si Europa vuelve a cabalgar es precisamente porque ha logrado su derrota en las urnas. Aunque su dilución exigirá más tiempo, política y aciertos.

 

Y también porque ha consolidado su recuperación económica: si en el primer trimestre de 2016 recuperó el nivel del PIB del inicio de la Gran Recesión, ahora crece ininterrumpidamente. Y el eurooptimismo ha ganado nuevo brío en las encuestas, algo esencial porque sin la voluntad de los ciudadanos nada es posible.

 

Graves incógnitas matizan sin embargo el relanzamiento. Aunque los 27 han sabido encauzar unidos el desafío del Brexit, las desafecciones autoritarias siguen vivas en Polonia y Hungría, o en vecinos claves para la UE (Turquía). Y el futuro inmediato de Italia no está nada claro.

 

Junto al reto social de la desigualdad creciente y el de una política inmigratoria más profunda (con los países de origen) y más humanitaria (primando la acogida de los flujos legales), esos problemas no deben quedar relegados a las últimas páginas de la agenda europea.

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