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Jueves, 7 de septiembre de 2017

¿Los límites en las redes son sólo para algunos?

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El pasado fin de semana una mujer volcó todo su odio en su perfil de Facebook contra la dirigente de Ciudadanos Inés Arrimadas por oponerse al referéndum catalán en un programa de televisión. Le llamó "perra asquerosa" y le deseó "que la violen en grupo porque no merece otra cosa".

La diputada denunció el ataque en la red difundiendo el pantallazo de la agresión verbal, a la autora del impresentable vómito le llovieron mensajes semejantes al que ella escribió, tuvo que cerrar sus perfiles en las redes sociales y hasta fue despedida de la empresa para la que trabajaba.

 

Es evidente que el mensaje de esta internauta es inaceptable por lo brutal del deseo y por la banalización de una violencia tan extrema contra la mujer, porque considerar la violación como una forma de castigo, en general, o como una respuesta a una opinión legítima, en este caso concreto, es una auténtica barbaridad que no tiene atenuantes. Uno puede tener un mal día, sin duda. Pero, para prevenirlo, en los días buenos debe reflexionar sobre los límites que debe imponerse cuando tenga un día de furia. La educación, el sentido común y el respeto al otro pueden ser buenos escudos para contener lo peor de nosotros mismos cuando se produce el brote.

 

Se podría discutir si las consecuencias han sido o no extremas para la autora, lo que es indiscutible es que las consecuencias sobre lo que se vuelca en la red son asimétricas. Hace unos días, el alcalde de Alcorcón, David Pérez, acusaba en Twitter a Ada Colau de haber "allanado el camino a los terroristas" que atentaron en Barcelona por no haber colocado bolardos en la Rambla, y un diputado del PP, Eloy Suárez, acusó en la misma red a los Mossos de "no hacer nada para impedir 16 muertes y 100 heridos".

 

Tendríamos que trabajar con decimales para valorar si es más grave el brutal deseo de la internauta o las brutales acusaciones de estos políticos convirtiendo en colaboradores necesarios de los asesinos yihadistas a la alcaldesa de Barcelona o a los policías catalanes. La diferencia es que estos últimos siguen ejerciendo la representación pública tras el exabrupto sin despeinarse. Así que, como en términos históricos estamos aún escribiendo el génesis de la comunicación global a través de las redes sociales sería conveniente que nos pusiéramos de acuerdo sobre sus límites y sobre las eventuales consecuencias de sobrepasarlos, no vaya a ser que estemos creando una aristocracia del insulto que disfruta de una impunidad de la que no goza el pueblo llano.

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